El presidente de Argentina, Alberto Fernández, junto a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, promete “corregir errores” tras el escándalo de las vacunas VIP. (EFE/ Natacha Pisarenko)

Buenos Aires, Argentina ― Una vez más, la ciudadanía argentina se volcó a las calles para repudiar la mentira, el descaro y la desvergüenza de funcionarios que privilegiaron a sus familiares, amigos y conocidos y dejaron en “lista de espera” a quienes por protocolo debían aplicarse la primera dosis de la vacuna contra el COVID-19.

Una vez más, el abuso de poder se aprovechó de miles de personas, llámese médicos, enfermeros, maestros o ancianos que, por su condición de esenciales, necesitaban vacunarse desde el primer momento y no ser aventajados por los inescrupulosos y acomodados del poder.

Una vez más, la mentira.

A medida que fueron pasando los días, el escándalo por la vacunación fue aportando evidencias que comprometieron al gobierno, que, de todos modos, se encargó de minimizar la cuestión e inventar excusas pseudo valederas para justificar lo injustificable.

Desde el fallido “no es delito adelantarse en una fila” del presidente Alberto Fernández en México, a catalogar de “imprescindibles” a la larga lista de quienes fueron apareciendo con el brazo descubierto para aprovechar el llamado mágico que los iba habilitando a hacer trampas.

El nombramiento de Carla Vizzotti como nueva titular de la cartera de Salud, también fue un detonante para agregar a la polémica, porque nadie cree que no supiera algo de lo que estaba pasando a dos metros de su despacho. Concuerdo con la indignación de la oposición y en que sería como ignorar los preparativos de una batalla, cuando los soldados están desfilando delante de tus narices.

Es que no es la primera vez que pasan estas cosas en este bendito país, donde la preocupación de los políticos pasa por cuidar sus espaldas, su futuro, su patrimonio y otros egoísmos. Mezquindades, si pensamos que del otro lado, inocentemente, había mucha gente esperando por una esperanza de vida. Porque una cosa es robar y otra cosa, más fuerte y delicada, es robarse una vacuna.

La manifestación de los argentinos indignados, en la mítica Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, y en el resto del país, fue una clara muestra de rechazo a los manejos turbios en la distribución de la vacuna y a la sucesión de promesas incumplidas acerca de la llegada de nuevas dosis. De haberse cumplido con los anuncios del ex ministro de Salud, el renunciado Ginés González García, ya estarían vacunados más de cinco o seis millones de habitantes, cuando en realidad, recién se llegó con bombos y platillos a la aplicación un millón, aunque no se sabe ciertamente, si en esa cifra están contemplados los casos por “fuera de la fila”.

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