
El 3 de enero de 2026, Estados Unidos lanzó una operación militar en Venezuela que culminó con la captura dramática del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, en un hecho que dividió de manera profunda a la opinión internacional y reavivó viejos debates sobre el intervencionismo estadounidense, el derecho internacional y la soberanía de América Latina.
Para muchos venezolanos que huyeron de las décadas de colapso económico, represión y exilio masivo, la noticia fue recibida con júbilo, ya que millones vieron sus vidas destruidas por la escasez de alimentos, la hiperinflación y la persecución política durante el Gobierno de Maduro; condiciones que se agravaron tras las elecciones de julio de 2024, ampliamente cuestionadas por no ser ni libres ni justas, y con claros indicios de que el candidato Edmundo González había ganado holgadamente la contienda.
Sin embargo, aparte de esa diáspora, dentro del país hubo pocos festejos; algunos por temor y otros por prudencia.
En el mundo sí hubo celebraciones, en especial de la diáspora venezolana, sobre todo en comunidades donde hay una gran población de venezolanos, como Madrid y Miami, pero también hubo muchas manifestaciones ambivalentes y protestas como las que se presentaron durante el pasado fin de semana en Filadelfia.
La intervención generó una contradicción moral y jurídica importante: ¿arrestar a un jefe de Estado con una incursión militar, incluso si se le considera un presunto criminal, si estaba acusado de fraude electoral y otros delitos graves, era el modo correcto de proceder?
Desde la perspectiva del derecho internacional, el consenso es inquietante. Se sostiene que la operación violó la Carta de las Naciones Unidas y principios básicos de soberanía de las naciones, al no contar con autorización del Consejo de Seguridad ni responder a una amenaza inmediata de legítima defensa. Venezuela ni solicitó ni consintió la intervención. Estados Unidos actuó de forma unilateral, presentando la operación como una misión de “cumplimiento de la ley” vinculada a cargos criminales presentados en tribunales estadounidenses.
Esta es una de las razones por las que no solo sectores liberales o de izquierda en Estados Unidos, y en otras partes del mundo, reaccionaron con fuerte rechazo. Su disgusto no implica una defensa de Maduro, sino una objeción de principios frente alprecedente de que una potencia capture a un jefe de Estado en funciones sin un mandato internacional.
El propio Estados Unidos, la acción generó tensiones institucionales y cuestionamientos sobre el uso del poder militar sin la aprobación de ley y se votó por una resolución para evitar que pueda volver a usar al ejército en Venezuela sin el permiso del Congreso.
No obstante, reducir estas críticas a una postura ideológica simplifica demasiado el problema. Detrás del rechazo existe un temor histórico más profundo: el retorno de una política exterior inspirada en la Doctrina Monroe, donde Washington impone su voluntad en América Latina no mediante la diplomacia, sino mediante la fuerza.
Las acciones belicosas en Caracas evocan recuerdos de intervenciones pasadas que sirvieron más a proteger intereses estratégicos estadounidenses que a salvaguardar ideales democráticos, y en esta ocasión se visibilizan las intenciones sobre la priorización de la explotación de recursos naturales, en especial del petróleo, al beneficio de empresas privadas, declaraciones cínicas, del poder al servicio de los oligarcas.
Venezuela posee una de las mayores reservas de petróleo del mundo, y funcionarios estadounidenses han hablado abiertamente de invertir y reestructurar su sector energético tras la caída de Maduro. Estas declaraciones alimentan la crítica mundial de que la operación no respondió a la búsqueda de justicia, sino sobre todo al deseo de reafirmar la influencia estadounidense y el acceso a recursos estratégicos en un momento en que Washington busca contrarrestar la presencia de potencias rivales como Rusia y China en este lado del mundo.
En el caso de China, la agenda MAGA parece no entender que, a mediano plazo, lo que afecte a China afectará a EE. UU. y viceversa. Los dos países están ya atados y se están autoinfligiendo en su lucha por su supremacía.
Para algunos analistas, el “neoimperialismo estadounidense”, que incluye a los que eran países aliados, cuyos gobiernos condenaron la intervención, vinculándola explícitamente con temores de expansión imperial y apropiación de recursos naturales, revela en el trasfondo la decadencia de la potencia.
El jueves por la noche, las amenazas contra Dinamarca, (por cierto si se apropian por la fuerza de la codiciada Groenlandia, sería una declaración de guerra a la OTAN, de la que ellos forman parte, y cuyo principio de que si tocan a uno de sus miembros tocan a todos, resultaría en que a los mismos EE. UU., le tocaría combatir contra sí mismo) Colombia y México se encendieron cuando Trump aseveró en una entrevista con Fox News la noche del jueves, que entrarían vía tierra a combatir a los carteles de la droga mexicanos, algo que no han hecho al menos con eficacia en su propio territorio.
Regresando a Venezuela, la pregunta al aire es: ¿valió la pena? Posiblemente la mayoría de losvenezolanos en el exilio responderán que sí, ya que durante años han esperado una presión internacional lo suficientemente fuerte como para poner fin a un gobierno que consideran ilegítimo, opresor y depredador. Algunos líderes opositores han celebrado la captura de Maduro como un acto de justicia largamente esperada y como un paso hacia la rendición de cuentas.
Sin embargo, abre la advertencia de que el violar las normas globales en nombre de la “justicia” hace aún más vulnerable a los países con menos recursos bélicos, aunque con grandes recursos naturales, frente a la agresión de potencias.
Para los venezolanos que permanecen dentro del país, el futuro inmediato es incierto. La salida de Maduro podría abrir espacios de libertad, como se ha visto con la liberación de presos políticos, pero también podría derivar en inestabilidad o agravar la crisis humanitaria si no se gestiona con legitimidad externa y amplio respaldo interno.
Para que los venezolanos puedan recibir esta intervención con esperanza, no basta con ser libres de un mal gobernante y sus compinches, sino ejercer su derecho a decidir su propio destino.
La comunidad internacional permanecerá atenta a una transición que respete la soberanía, fortalezca las instituciones y atienda las causas profundas del sufrimiento del pueblo venezolano. que aún no sabe si puede festejar o si el remedio resultará peor que la enfermedad ante la amenazante panorámica de un saqueo durante los años que ya dijo Trump, estará bajo su control.




