El presidente estadounidense Donald Trump ofrece un discurso a los medios de comunicación mientras se dirige a bordo del Marine One en el Jardín Sur de la Casa Blanca en Washington, D.C., EE. UU., este 13 de enero de 2026. EFE/SHAWN THEW / POOL

El año 2026 comenzó con una serie de eventos que han encendido alarmas globales y han reavivado un debate crucial: ¿Estados Unidos se encuentra ante una nueva fase expansionista o, por el contrario, atraviesa los estertores de un imperio en declive?

A la sustracción de Nicolás Maduro, las declaraciones del presidente Donald Trump de que Groenlandia será incorporada a Estados Unidos inclusive con el uso de la fuerza, y las amenazas cada vez más creíbles de realizar incursiones militares en México y Colombia para combatir el narcotráfico, mientras que la Administración cancelaba abruptamente casi 1,900 millones de dólares destinados a salud mental y adicciones; se suma la amenaza de Trump de invocar la Ley de Insurrección de 1807 para desplegar tropas contra las protestas surgidas en Minneapolis en respuesta a redadas migratorias masivas realizadas por agentes federales, desafiando directamente al gobernador Tim Walz.

Trump y sus secuaces están en guerra contra todos, sus “enemigos” internos y externos, y bajo sus propias reglas huérfanas de moral, están dispuestos a valerse de lo que sea para dejar una huella en la historia de la humanidad.

Su ambición insaciable pareciera tener una nueva obsesión por trascender la muerte y hacer de su “legado” un legado inmortal, reconfigurando el mapa del planisferio.

El pasado miércoles declaró que «Ni siquiera deberíamos tener elecciones», mientras se quejaba de los riesgos políticos que enfrenta su partido en las elecciones de mitad de mandato de 2026 y alardeaba de sus “logros”.

«Es algo psicológico profundo, pero cuando ganas la presidencia, no ganas las elecciones de mitad de mandato», dijo Trump, quien no es la primera vez que menciona, a su parecer, la inutilidad de las elecciones y su deseo de seguir siendo presidente después de 2028.

Columnas de opinión y análisis pululan tratando de descifrar a un nuevo enemigo.

La escritora Siri Hustvedt sostiene que Estados Unidos vive bajo un “nuevo tipo de fascismo”, en el que los mítines del presidente funcionan como rituales de exorcismo colectivo, reminiscencias de los mítines de masas en la Italia fascista o en la Alemania nazi, en los que el malestar social se canaliza hacia un “otro” enemigo.

La retórica de Trump y de figuras como J. D. Vance y Elon Musk —quienes promueven ideologías natalistas y discursos sobre “genes defectuosos” o “bajo coeficiente intelectual”— muestra un retorno a ideas peligrosamente regresivas. Incluso los asaltantes del Capitolio, vestidos como guerreros vikingos, el 6 de enero, revelan la dimensión simbólica de este movimiento que parece remontarse a lo bárbaro.

Hustvedt afirma que el fascismo crea su propia realidad hermética, una lógica alternativa que ignora hechos verificables.

El Gobierno se ha convertido en una fábrica de mentiras en serie, a velocidad estripitosa, que entorpecen respuestas reflexivas y eficaces.

Tal vez eso explique lo que resulta más que inquietante: que Trump mantenga un apoyo estable. Una encuesta de AP‑NORC en enero mostró que alrededor del 40% de los adultos estadounidenses aprueban su gestión, un porcentaje prácticamente inalterado desde marzo de 2025. Y es que, como dice el refrán, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Trump mismo ha reforzado una visión autocrática en una reciente entrevista con el New York Times, donde afirmó que su “propia moralidad” es el único límite a su poder, desestimando el derecho internacional. Justificó la operación de captura de Maduro y la toma de los recursos petroleros venezolanos como un acto “rápido y eficaz” y aseguró que Estados Unidos “está al mando” del petróleo venezolano. Su visión prioriza el uso de la fuerza y el saqueo estratégico por encima del consenso o de la diplomacia.

El escritor conservador Andrew Sullivan ha descrito esta doctrina como una“política exterior vikinga”: una estrategia brutalista basada en el uso de un poder militar superior para dominar y despojar a actores más débiles. Se basa en una visión “tucidídea” del orden internacional: “los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”. Aunque este enfoque puede ofrecer resultados rápidos —generando shock, disuasión y réditos políticos internos—, también erosiona la cooperación internacional, alimenta el resentimiento global y empuja a aliados tradicionales hacia China. Además, recuerda que la historia muestra que la fuerza militar sin legitimidad termina por desgastar a la propia potencia dominante, como ocurrió en Vietnam, Irak y Afganistán.

Los riesgos de bullying estratégico

Sobreextensión: la “depredación” exige presencia sostenida; muestra retornos decrecientes del poder militar sin legitimidad.

En América Latina, la intervención estadounidense y el control directo de los recursos reviven memorias del siglo XX, afectando el futuro de la cooperación hemisférica y diversificando las alianzas hacia China o Rusia. Además, el mensaje de que EE. UU. puede “tomar lo que quiera”; fomenta nuevas alianzas antiestadounidenses e insurgencias.

El historiador Alfred W. McCoy, en su reciente libro Cold War on Five Continents, sostiene que estos comportamientos no anuncian la expansión de un imperio, sino su declive. McCoy argumenta que Estados Unidos muestra síntomas de una potencia desgastada: militarismo agresivo, inestabilidad interna y erosión de su legitimidad global. Para él, la dependencia excesiva de operaciones encubiertas, de golpes indirectos y del apoyo a élites locales ha degradado el prestigio democrático estadounidense. Además, la política exterior ha mostrado una tendencia a la irracionalidad estratégica, lo que podría precipitar el colapso del imperio antes de 2040.

Describe una lógica de intervención militar constante que actúa como mecanismo para sostener la influencia a corto plazo, pero sin respaldo democrático ni estrategias de largo aliento. Prácticas clandestinas y represión que erosionan el soft power y la legitimidad democrática.

McCoy sostiene que  EE. UU. ha entrado en una fase avanzada de autosabotaje imperial. En esta lectura, la agresividad de la política exterior estadounidense sería menos una expansión calculada que una serie de “patadas de ahogado”: intentos desesperados por conservar influencia en un mundo en el que su poder relativo, lejos de crecer como lo presume el «omnipresente y omniportente» Trump, podría estar disminuyendo.

Una cosa es segura: el 2026 nos depara de todo, menos estabilidad y previsibilidad, algo a lo que están acostumbrados los inmigrantes, cuya resiliencia prevalecerá.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí