El Super Bowl 60 no solo fue uno de los eventos deportivos más vistos del planeta; se transformó en un punto de inflexión cultural gracias a la actuación de Bad Bunny, quien llevó la historia, la identidad y la voz de Puerto Rico al escenario más influyente del entretenimiento global.
Durante poco más de 13 minutos, el artista puertorriqueño convirtió el espectáculo de medio tiempo en algo más que música: lo convirtió en una narrativa colectiva sobre pertenencia, memoria y orgullo latino, seguida en vivo por millones de personas en todo el mundo.
Puerto Rico se detuvo para aplaudir su historia
En la isla, el momento se vivió como un acontecimiento nacional. Familias, amistades y comunidades enteras se reunieron frente a televisores, pantallas gigantes y espacios públicos para presenciar una actuación que muchos describieron como histórica. Se detuvo simbólicamente para verse reflejado y en su idioma, en el Super Tazón en su 60 aniversario.
No era solo un artista cantando: era la isla entera contando su historia ante millones.
Un espectáculo cargado de símbolos y memoria
La puesta en escena estuvo profundamente enraizada en la cultura puertorriqueña. Desde los campos de caña de azúcar y las figuras del jíbaro con pava, hasta referencias claras a los apagones, la migración y la resiliencia del pueblo boricua, cada imagen fue cuidadosamente construida para contar una historia.
El repertorio musical, que incluyó algunos de sus mayores éxitos, se entrelazó con visuales que evocaron las fiestas de barrio, la vida cotidiana y las luchas sociales de la isla. Las apariciones especiales de figuras internacionales reforzaron el alcance global del mensaje sin diluir su esencia local.
“América es un continente”: el mensaje que cruzó fronteras
Uno de los momentos más comentados llegó al final del espectáculo, cuando Bad Bunny levantó un balón con la frase “Together we’re America”, acompañado de banderas de distintos países del continente.
El gesto fue interpretado como una afirmación clara: América no es solo Estados Unidos, sino un continente diverso, multicultural y profundamente interconectado. La escena generó una oleada de reacciones, desde ovaciones en América Latina hasta críticas en sectores conservadores estadounidenses, confirmando que el mensaje no pasó desapercibido.
Audiencias históricas y récords mediáticos
El espectáculo promedió 128,2 millones de espectadores de 8:15 a 8:30 de la noche hora del Este; lo que lo convirtió en el cuarto show de medio tiempo más visto. El espectáculo se vio en grupos grandes en ese momento; sigue reproduciéndose en diferentes plataformas. En YouTube ya tenía cerca de 80 millones de vistas en los primeros tres días de publicado; además alcanzó un impacto digital masivo, acumulando más de 4 000 millones de visualizaciones en las primeras 24 horas en redes sociales y plataformas de video, cifras que reflejan la magnitud de su alcance global y su presencia dominante en la conversación pública.
Este nivel de consumo digital y social coloca al medio tiempo de Bad Bunny no solo entre los más vistos, sino también entre los más compartidos y discutidos de todos los tiempos.
Celebración en un contexto de tensión
En Estados Unidos, la euforia por el espectáculo convivió con un clima marcado por el endurecimiento de las políticas migratorias y las protestas contra redadas y deportaciones. Para muchos latinos, la actuación de Bad Bunny fue motivo de orgullo, pero también un recordatorio de que la visibilidad cultural no siempre se traduce en cambios inmediatos.
El hecho de que un artista cantaba mayoritariamente en español ocupara el escenario televisivo más visto del país fue leído como una ruptura con décadas de presión por adaptarse al inglés para alcanzar reconocimiento masivo. Al mismo tiempo, quedó claro que ese logro simbólico no borra las realidades que enfrentan millones de personas migrantes en su vida cotidiana.
Benito no llegó como una excepción, sino como una figura central de un panorama que ya no se limita a una lengua ni a una sola identidad.
Desde fuera del país, el mensaje también resonó. En medio de la polarización, frases proyectadas durante la actuación fueron interpretadas como un llamado a la unidad. El espectáculo no resolvió las contradicciones, pero dejó una imagen poderosa: la cultura latina, en español, ocupando el centro del escenario global.
La repercusión del espectáculo trascendió lo mediático. En los días posteriores, la plataforma Duolingo reportó un aumento del 35 % en nuevos estudiantes de español
Un hito definitivo para la representación latina
La actuación de Bad Bunny en el Super Bowl 60 quedará registrada como un momento decisivo para la representación latina en la cultura popular. No fue un espectáculo diseñado para complacer, sino para decir algo: que Puerto Rico existe, que su historia importa y que su cultura tiene un lugar legítimo en el centro del escenario global.
El Super Tazón se convirtió en un acto de memoria colectiva, identidad y afirmación ante un reto histórico; donde las políticas migratorias del actual Gobierno, trata de hacer “América, blanca otra vez”, ignorando que antes de hablar en inglés, se hablaba español.
Como en Puerto Rico, en Filadelfia también se reunieron amigos y familias, en restaurantes y centros culturales. A la redacción de Impacto nos hicieron llegar las siguientes reflexiones que compartimos en su integridad.
The show was nothing short of amazing. Benito used this platform to highlight Boricua culture in a deeply personal way, transforming the stage into a cañaveral to honor our jíbaro ancestors. By showing them cutting sugarcane—a site of both struggle and immense pride—he grounded the performance in our history. He then pivoted to the beauty of everyday life, offering nods to the traditions we live and breathe: the click of dominoes, the sweetness of a piragua cart, and the sight of kids asleep at a boda.
He didn’t shy away from the struggle, either. By putting the island’s ongoing electricity crisis center stage, he ignited a global conversation, prompting those unfamiliar with our reality to search, learn, and listen. Even the aesthetics felt intentional; Lady Gaga’s dress evoked the light blue, red, and pearl-white of the original (once-banned) flag.
For me, seeing Ricky Martin in the platanal singing in Spanish healed my Gen X soul. It was a full-circle moment. I remember seeing him in Menudo at my first concert, watching him learn English on General Hospital, and lived La Vida Loca with him in my 20s. Though the world saw him as a «crossover» artist, we always knew his true power lived in tracks like Vuelve and La Bomba.
In the end, Benito invited the world to dance at his party and share in the intimate details that define a culture. He celebrated Latinidad and reveled in Boricuaness. In a time defined by divisiveness, his call to the Americas was one of inclusion and diversity. He gave Puerto Rico its moment in the Taíno sun, and we all felt the warmth of being seen. He proved that joy is greater than rage and dared us to believe that love is more powerful than hate.
Joana Díaz
As a Puerto Rican and Mexican American who was born in California and raised in Puerto Rico, I felt represented watching Bad Bunny’s performance. His 13 minutes on stage were not just about Puerto Rican culture, identity, and art. They were about love, unity, inclusion, and diversity. He could have used that moment solely to center Puerto Rico’s colonial and political history. Instead, he chose a message that brought everyone in, and that choice made me incredibly proud.
Sharing the stage with a white American singer like Lady Gaga was both powerful and symbolic. This was not a divisive performance. It was not anti-white or anti-American. It was a deeply human and collective message, one that made room for white, Black, and brown communities alike, and for openly LGBTQ voices to be seen and affirmed on one of the biggest stages in the country.
The closing moment, blessing America, naming the countries across our continent, and reminding us that together we make America, with Los Pleneros de la Cresta standing behind him, felt especially meaningful. I am still sitting with a lot of emotion.
As a millennial, I am tired of the constant division that defines so much of our public life. What I saw on that stage is the kind of world I want to believe in and the kind of world I want my children to grow up in, a world built on respect, inclusion, and love.
Leilany M. Vargas Laborde
Todavía estoy procesando el espectáculo del medio tiempo. Como puertorriqueña, fue un recorrido por experiencias vividas y por la continua labor de contar nuestra historia y existir en resistencia.
Crecí a los pies de un cañaveral. Recuerdo ver a mi abuelo, mis tíos y a mi papá levantarse de madrugada, machete en mano, sombreros para cubrirse del sol y fiambres listos, partir alegres a trabajar la tierra. Aún hoy disfruto escuchar las historias que mi papá comparte del cañaveral. Mientras él habla, yo pienso en resiliencia; sin embargo, lo que él describe es la actitud con la que enfrentaban ese trabajo tan duro: cantaban, contaban chistes y, a la hora del almuerzo, abrían la fiambrera para compartir lo que les habían preparado.
El dominó tiene un doble sentido poderoso en esta imagen: por un lado, el nombre de la empresa azucarera más grande producida por manos puertorriqueñas; por el otro, el juego que nunca falta en una reunión familiar, donde un capicú o un chuchazo era motivo de celebración.
La escena del apagón hit home. Nuestra Isla ha sobrevivido apagón tras apagón. En la lista de compras nunca faltaban los fósforos y las velas, especialmente en temporada de huracanes.
El mensaje más fuerte de este espectáculo fue claro: Love is stronger than hate. Aunque nuestra historia podría generar coraje u odio, uno de los nuestros se paró en ese escenario para difundir amor, unión en la diversidad, inclusividad, y una invitación a encontrarnos, porque nuestras historias nos conectan.
Hay que cuidar a ese niño interior y decirle: aunque quieran apagar tus sueños, tú sigue contando, honrando tu historia y representando a tus ancestros.
Mi primera reacción fue pensar que le faltó algo al espectáculo. Y quizás eso nace de esa costumbre impuesta de tener que sobreexplicar nuestra existencia para que nos entiendan o nos acepten. Pero no hay que pedir permiso ni disculpas. Quien entendió, lo captó. Y a quien no, se le invita a empaparse no solo de la historia de Puerto Rico, sino de la historia real de AMÉRICA. ¡Viva Puerto Rico Libre!
Mariangeli Alicea Saez
Vi el Super Bowl en casa de unos amigos y, como único latino del grupo, asumí de inmediato —sin votación ni toma de protesta— el cargo de embajador no oficial de mi comunidad y traductor cultural de guardia.
Envuelto en una mezcla peligrosa de orgullo y nostalgia, me tomé muy en serio mi papel de maestro de ceremonias para descifrar la avalancha de simbolismos que aderezaban la presentación: que si por qué la casita, que si por qué Sapo Concho (c), que si las sillas son las sillas del álbum, que si el taquero es de LA y las piraguas son de todos lados. Nostalgia pura de preparatoria cuando, por unos breves segundos, sonaron Daddy Yankee y Tego Calderón, mientras a la vez pensaba: “¿considerarán los postes de luz como un ataque político?”.
No sé si fue porque venía de pasar el fin de semana leyendo y dándole vueltas a Kensington y sus transformaciones, pero hubo un momento que capturó particularmente mi atención. Entre la multitud de personajes y celebridades, me emocionó ver a María Antonia Cay, mejor conocida como “Toñita”, convertida ya en símbolo viviente de la resistencia contra los desplazamientos económicos en Los Sures de Nueva York. Ahí sigue ella, y su Caribbean Social Club, firmes e inamovibles, desafiando a pulso los embates de la gentrificación en Williamsburg, Brooklyn.
Abraham Reyes Pardo

