Impacto

¡ES UN NIÑO! para Leno, con cariño de Tencha

Leno Rose-Ávila.



Si hubiera habido campanas en aquella pequeña colonia de las llanuras, habrían estado repicando desde el amanecer de aquel hermoso día de septiembre en el sureste de Colorado. En lugar de eso, las voces cristalinas de las mujeres resonaban desde las ocho casas de la comunidad, llevando la alegre noticia:

«¡Es un niño! ¡Un niño! ¡Carmen ha dado a luz a un hijo!»

Era una noticia extraordinaria y motivo de gran celebración. Después de cinco hermosas hijas, cuyas edades iban de los nueve años a apenas dieciocho meses, Carmen y Marcos Ávila finalmente habían recibido a su primer hijo varón.

De inmediato se convirtió en el tema de conversación de toda la colonia.

Mis tres tías y sus amigas salieron corriendo de sus casas, riendo, bailando y girando unas con otras. También nos incluyeron en la celebración a mi hermana y a mí. María tenía nueve años y yo cinco. Nos abrazábamos, nos besábamos y dábamos vueltas llenas de emoción. Debía ser domingo porque nuestros tíos estaban en casa y no trabajando. Salieron a la calle y lanzaron un alegre grito de celebración. Hasta la abuela se quedó de pie en la puerta de su casa para disfrutar del ambiente festivo.

Todos estaban felices.

Papá estaba tan emocionado que no salió de la casa hasta que el tío Maggie llegó y lo convenció de celebrar un poco más de la cuenta.

Mamá se enojó muchísimo cuando regresó al día siguiente, pero al ver a toda la colonia entusiasmada por aquel hermoso bebé de once libras, pronto terminó contagiándose del espíritu festivo que unía a las familias trabajadoras del campo de origen mexicano.

Los vecinos llegaron con comida: frijoles, arroz y tortillas. Mis tías y sus amigas hicieron fila para cargar al recién nacido. Era tan grande y hermoso que formaron un círculo frente a nuestra puerta, pasándolo de brazo en brazo mientras le hablaban con ternura, reían y bailaban de alegría.

María y yo también participamos, aunque mi hermanito era demasiado pesado para que yo pudiera cargarlo por mucho tiempo.

Las tías y sus amigas siempre estaban dispuestas a cambiarle los pañales, sacarle el aire, bañarlo y llevarlo en brazos. Todos lo consentían tanto que yo pensaba que nunca aprendería a caminar ni a hablar por sí solo.

Pero lo hizo.

Y a pesar de tantas atenciones, creció siendo un niño dulce, siempre sonriente y dispuesto a ayudar a los demás. Tenía unos grandes ojos cafés llenos de ternura y una abundante cabellera de suaves ondas. Después de bañarlo, me encantaba peinarlo de diferentes maneras, y él pacientemente me dejaba hacerlo. A veces le hacía una raya justo en medio para hacerlo reír. Él se miraba en el espejo y se reía conmigo.

Cuando tenía apenas seis años, ya casi alcanzaba mi estatura de cuando yo tenía once.

A los diez años ya era más alto que yo. Una tarde desapareció de nuestra casa en el 124 de la calle Second. No regresó para el almuerzo y, cerca de las tres de la tarde, seguía sin aparecer. Estaba angustiada. Mamá regresaría pronto. ¿Qué le iba a decir?

Dejé a Chelo encargada de la casa y salí a buscarlo.

Finalmente lo encontré caminando tranquilamente de regreso a casa, doblando la esquina cerca de la gasolinera del señor Ringer, frente a Thaxton’s.

«¿Dónde has estado?», le reclamé. «¡He estado muerta de preocupación!»

«En el río», respondió.

«¿En el río? ¿Qué río?»

«En el río Arkansas.»

Casi me desmayo del susto.

«¡Pero si ni siquiera sabes nadar!»

El miedo se convirtió rápidamente en enojo. Tuvo suerte de no haberse ahogado ni haber quedado atrapado en las arenas movedizas. Gracias a Dios estaba vivo, pero de todos modos iba a escuchar un buen regaño. Lo tomé de la oreja izquierda y lo llevé de regreso a casa durante las dos cuadras que nos separaban, reprendiéndolo por la preocupación que me había causado.

Aun así, se convirtió en un hombre inteligente, noble y profundamente humano. A lo largo de su vida, y a su manera, ha trabajado para llevar paz, bondad y sanación a quienes lo rodean.

¡Feliz cumpleaños, Leno!

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