A las 8:38pm del tres de junio, en redes sociales se compartían fotografías de graduados, rodeados de familias y profesorado felices. Sin embargo, otro video compartía una realidad diferente: la huida de un grupo de jóvenes del lugar en el que se acababa de herir con una arma de fuego a un muchacho de 9º grado, Javon Oyola, de 15 años quien finalmente falleció en el hospital. Otras imágenes, mostraban al residente de Norristown de 16 años, Álex Herrera, correr alejándose del lugar con un objeto oculto en la cintura.
El fiscal de distrito del Condado de Montgomery, Kevin R. Steele, y el jefe de policía de Norristown, Michael Trail, anunciaron más tarde el arresto de Herrera con cargos por asesinato, entre otros, y una realidad inquietante: la noche de los hechos, dos grupos de jóvenes se reunieron en tres ocasiones para pelear, pero tuvieron que cambiar de ubicación repetidamente debido a la presencia policial. En la tercera pelea se produjo el tiroteo mortal.
¿Qué podría subyacer bajo esta violencia sin sentido?
Estos adolescentes eran niños cuando la pandemia. Es frecuente oír a sus padres comentar que sus hijos de esta edad son los más irritables, los que se enfadan por todo, los que no tienen paciencia.
Para Obed Arango, director ejecutivo de CCATE (Centro de Cultura, Arte, Trabajo y Educación) – organización de Norristown dedicada al empoderamiento de la comunidad latina, y muy especialmente de sus jóvenes, “estos actos de violencia no son acciones aisladas”.
Obed recuerda que esta generación de jóvenes vivió tiempos de encierro en espacios muy pequeños durante la pandemia, aislados sí pero “con acceso a la tecnología”.
También sufrieron la ausencia de sus padres, ya que la dificultad económica les empujaba a tomar dos o tres trabajos mal pagados.
“Expuestos a armas, violencia y contenidos a los que todavía no estaban preparados para procesar emocionalmente, comenzaron a encontrar en la calle el espacio donde compartir con sus pares afiliaciones y peleas”, señala Arango, en su “Llamado a la Empatía” capítulo de su pódcast “Diálogos de la Villa Inmigrante.
Los muchachos del área piden “apoyo emocional a las familias (tanto a la de la víctima como a la de Álex)”. Les preocupa la estigmatización a uno u otro grupo social o étnico.
“El acceso a las armas es relativamente fácil, es un mundo desconocido –no procesado- hasta que se dispara el arma’, el también antropólogo, destaca “la importancia de generar en familia espacios de diálogo y confianza, espacios de doble vía que permitan avanzar en la vida”.
Los jóvenes de Norristown consultados apelan a padres y madres a acercarse a sus hijos “mi padre y mi madre crearon un espacio de confianza con nosotros, pero siempre hubo al menos uno junto a nosotros en casa”, señala uno de ellos.
Todo el potencial de estos jóvenes debe tener espacios de florecimiento. A los 16 años hay espacio para soñar, no para matar ni morir.
No es correcto achacarle la culpa a una solo persona, en este caso al joven quien disparo, porque según algunos testimonios en redes, se defendía de la golpiza propinada por un grupo de adolescentes, ya que la responsabilidad recae en gobierno y sociedad, al no generar las condiciones adecuadas para que estos jóvenes puedan crecer fuera del círculo de violencia.
Es el momento de reflexionar como comunidad, en diálogos abiertos y en grupo para generar soluciones concretas por toda la comunidad.
Es momento no solo para la reflexión o el duelo, sino también para actuar por esta juventud.

