Impacto

La instrumentalización de la fe: cuando Dios entra en la guerra y muere la verdad

Policías sobre su vehículo decorado con imágenes del fallecido ayatolá Alí Jamenei, que fue el líder supremo iraní, a la derecha y a la izquierda, y de su hijo y sucesor, el ayatolá Mojtaba Jamenei, en el centro, durante una marcha en su apoyo en Teherán, Irán, el 9 de marzo de 2026. (Foto: AP/Vahid Salemi/Archivo)

La guerra en Irán no solo se libra con misiles, drones y sanciones. También se combate en el terreno simbólico, donde las palabras importan tanto como las armas. En este conflicto, al menos tres tradiciones religiosas —el judaísmo, el cristianismo y el islam— han sido evocadas por distintos protagonistas para dotar de sentido, defensa o justificación moral a la violencia.

No es un fenómeno nuevo. Cada vez que la guerra se reviste de lenguaje sagrado, el conflicto deja de ser únicamente geopolítico y se transforma en una disputa moral absoluta. Cuando Dios es convocado, el adversario ya no es solo un enemigo político: se convierte en una amenaza existencial, en una negación del bien, en alguien con quien no se negocia, sino a quien se derrota.

Sin embargo, esta apropiación de lo religioso por el poder político contradice la raíz ética de las propias tradiciones que invoca.

Dios debe estar fuera del misil y dentro de la conciencia

El judaísmo, en su núcleo profético, es una tradición de ley y justicia, profundamente marcada por la memoria del sufrimiento y la advertencia constante contra el “otro”. El cristianismo nació como una ética radical que colocó a los pobres, a los perseguidos y a las víctimas en el centro, y que desconfió del poder imperial y de la violencia como forma de redención. El islam, por su parte, se fundamenta en la justicia, la misericordia y la responsabilidad moral ante Dios, con reglas explícitas —históricamente ignoradas— para limitar la violencia incluso en tiempos de guerra.

Y, sin embargo, hoy vemos cómo esas tradiciones son invocadas no desde su dimensión espiritual o ética, sino como herramientas identitarias, convertidas en banderas nacionales o civilizatorias. Dios ya no aparece como límite al poder, sino como su aval.

Aquí emerge una paradoja inquietante: lo que nació como una crítica al dominio, a la acumulación y a la soberbia humana ha sido progresivamente reinterpretado por estructuras de poder que buscan legitimarse. En este proceso, la religión deja de interpelar a la conciencia y pasa a blindar decisiones políticas que, de otro modo, serían moralmente cuestionadas.

Particularmente preocupante es el papel de ciertos discursos del nacionalismo cristiano que evoca la guerra como una defensa “justa”. Cuando el cristianismo se alinea sin fisuras con el poder militar y económico, no solo se distancia de su mensaje original: lo invierte.

Dios no lanza bombas. Son los Estados, los ejércitos y las élites quienes lo hacen, muchas veces escudándose en un lenguaje sagrado para silenciar dudas y neutralizar la compasión.

La guerra no solo destruye ciudades: también corrompe palabras. En estos días, mientras se multiplican los ataques y contraataques entre Estados Unidos, Israel e Irán, surgieron denuncias de que mandos militares estadounidenses invocaron «el plan divino» y referencias al Apocalipsis para explicar la intervención a sus tropas; un observatorio de libertad religiosa asegura haber recibido más de 200 quejas internas por el uso de retórica cristiana apocalíptica en la cadena de mando.

ARCHIVO – Una columna de humo se eleva tras un ataque en Teherán, Irán, el lunes 2 de marzo de 2026. (Foto: AP/Mohsen Ganji, Archivo)

El riesgo sistémico cuando lo religioso se convierte en coartada del poder

La investigación académica de las últimas décadas ha mostrado cómo religión e identidad colectiva se entrelazan en la violencia moderna: las tradiciones pueden ofrecer lenguajes de paz, pero también ser instrumentalizadas como banderas identitarias al servicio de proyectos nacionales o expansionistas. Comprender esa ambivalencia —y colocar diques— es responsabilidad de quienes gobiernan y de quienes informamos.

Sor Juana Inés de la Cruz, desde el siglo XVII, nos dejó una brújula ética. En Primero sueño, la razón sube a los cielos en busca del saber total… y fracasa. Ese «fracaso» es su victoria: admitir los límites del entendimiento como antídoto contra la soberbia. Su lección vale para la política: allí donde el poder se reviste de certeza absoluta —y peor aún, de certeza sagrada— comienza la violencia sin freno.

Tres siglos después, Javier Cercas se hace una pregunta más humana — la vida después de la muerte— sin buscar propaganda ni absoluciones. El loco de Dios en el fin del mundo no es catecismo, sino una defensa de la pregunta frente al poder; un retrato de la fe que sobrevive en los márgenes y desconfía del trono. Recordarlo ahora importa: cuando la religión se funde con la nación y el Estado, se traiciona su raíz evangélica de límite al poder.

Lo urgente es separar, de manera nítida, fe y guerra:

Lenguaje civil, reglas civiles. Presentar la guerra como cruzada o yihad cristiana degrada el control civil del estamento castrense y convierte a los soldados —creyentes o no— en instrumentos de un dogma, no de la Constitución.

Líderes religiosos como muelle, no como fósforo. La academia lo ha documentado: las mismas tradiciones que se usan para dividir pueden —y deben— servir para contener la violencia, no para azuzarla.

Este llamado no es contra la fe; es a favor de su verdad más incómoda: la que nos juzga a todos, sobre todo al poder. El judaísmo profético, el cristianismo evangélico y el islam de la misericordia nacieron para poner límites éticos al dominio, no para sacralizar la fuerza.

Sor Juana nos recordó que la inteligencia que olvida sus límites se vuelve soberbia; Cercas nos muestra que la fe, sin pregunta, se vuelve propaganda. Aprendamos algo de ambos. En medio del ruido, Impacto elige esta posición: Dios fuera de la guerra, y la conciencia —crítica, humilde, humana— en el centro de cada decisión pública.

Porque, al final, no hay bando que gane cuando lo sagrado se vuelve pólvora; solo pierde la humanidad.

Una mujer se lamenta entre escombros ante un edificio residencial dañado el lunes pasado en una campaña aérea de Israel y Estados Unidos, el jueves 12 de marzo de 2026, en Teherán, Irán. (Foto: AP/Vahid Salemi)

El ataque a la sinagoga: hechos confirmados vs. ruido narrativo

Los ataques recientes contra una sinagoga en Michigan y el intento de atentado con explosivos en medio de protestas y contraprotestas en Nueva York, no parecen hechos desconectados, podrían ser expresiones distintas de un mismo fenómeno y al mismo tiempo servir como instrumentalización del miedo en un contexto de guerra, polarización y radicalización acelerada, donde se puede vulnerar la verdad informativa.

Aunque las propias autoridades han señalado que no existía al momento una conexión directa comprobada con el conflicto internacional, y al parecer se trata de autoradicalización digital, sí sirve para alimenta la islamofobia.

Si bien, ideológicamente opuestos, ambos ataques comparten elementos estructurales: objetivos simbólicos (una sinagoga, la casa de un alcalde musulmán).

Entonces los medios se vuelcan en especulaciones, colaborando con la propagación de miedo y la desinformación. La verdad, en tiempos de guerra y polarización, no muere de un disparo, muere por simplificación, por prisa y por miedo.

En ese terreno, el periodismo tiene dos opciones: ser eco del ruido o barrera contra la distorsión. Porque si algo confirman estos hechos es que, cuando la guerra se libra también en la información, defender la verdad es un acto de resistencia.

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