Cada febrero, Estados Unidos conmemora el Mes de la Herencia Negra, una tradición que se remonta a 1926, cuando el historiador Carter G. Woodson creó la Semana de la Historia Negra para corregir la exclusión sistemática de las contribuciones de la población negra en los temas de la educación y en la narrativa cultural nacional. Con el tiempo, la iniciativa se amplió a un mes completo y fue reconocida oficialmente en 1976. Más que un simple acto simbólico, esta conmemoración quiere recordar que la historia de los negros provenientes de África no es un capítulo marginal, sino un eje central en la historia y formación de Estados Unidos.
Este mes es una celebración y un acto de resistencia. Celebra los aportes culturales, sociales y políticos de los negros y mulatos; su lucha por la abolición de la esclavitud y los derechos civiles, así como sus expresiones artísticas: el jazz, la literatura, el aporte al pensamiento crítico y a la organización comunitaria; y al mismo tiempo, es un modo de resistir al olvido, la distorsión y la banalización del pasado.
Figuras como Frederick Douglass, Harriet Tubman, Martin Luther King Jr. y Maya Angelou representan una tradición de creatividad, de humanismo y de liderazgo que ha moldeado profundamente la identidad estadounidense, junto con millones de otras personas negras anónimas, cuyas vidas impulsaron y transformaron al país.
La conmemoración parece incomodar a algunos, porque obliga a confrontarse con una verdad clara: que la libertad y la democracia estadounidenses coexistieron —y en muchos sentidos se construyeron— a la par con la esclavitud, la segregación y la exclusión racial. Reconocer esa contradicción no debería debilitar a la nación, sino más bien fortalecerla.
En este contexto se entiende mejor la gravedad de la decisión tomada en enero por el Gobierno federal de retirar la exhibición sobre la esclavitud en el Parque Histórico Nacional de la Casa del Presidente en Filadelfia. La muestra relataba la historia de nueve personas esclavizadas que sirvieron a George y Martha Washington mientras la capital del país se encontraba en esa ciudad. No se trataba de una instalación decorativa, sino de una intervención histórica que devolvía nombres, rostros y humanidad a personas borradas durante siglos.
La remoción de esta exhibición no fue un hecho aislado ni tan solo administrativo. Las reacciones no se hicieron esperar. Un juez federal llegó a calificar la justificación del Gobierno —o la potestad de decidir qué historia merece ser mostrada— como algo muy alarmante. Y es que cuando el Estado elimina deliberadamente relatos sobre la esclavitud, no está protegiendo la historia, sino que está seleccionándola, limpiándola y adaptándola a una narrativa política específica.
Este tipo de acciones tiene mucho significado simbólico, porque dice que ciertas verdades resultan incómodas para el relato dominante y que, por lo tanto, pueden ser descartadas. Es una forma de exclusión histórica que debilita la educación pública, empobrece el debate democrático y envía un mensaje claro a las comunidades negras: su dolor histórico y su memoria colectiva son valores negociables.
Los defensores de estas decisiones suelen negar cualquier motivación racial, presentándolas como meras cuestiones de gestión, porque el racismo rara vez se expresa de manera abierta. Pero se expresa a través de decisiones institucionales que determinan qué historias se enseñan y qué identidades se consideran legítimas dentro del proyecto nacional.
En ese sentido, la retirada de exhibiciones históricas, la limitación de programas de diversidad, el ataque a iniciativas educativas críticas y el debilitamiento de políticas de derechos civiles forman parte de un mismo patrón. No son hechos aislados, sino expresiones de una visión que busca imponer una identidad nacional homogénea, despojada de conflicto y de momentos históricos incómodos.
Hablar de historia negra en Estados Unidos también implica ampliar la mirada sobre los millones de afrolatinos que forman parte esencial del tejido social estadounidense, aunque con frecuencia queden invisibilizados, tanto en los relatos afroamericanos tradicionales como en los de los latinos. Esta comunidad creciente, contribuye activamente a la cultura, la economía, el activismo y la vida intelectual del país, al tiempo que enfrenta formas agravadas de discriminación.
Diversos estudios muestran que los afrolatinos sufren mayores niveles de exclusión en el empleo, la educación y la interacción con las fuerzas del orden. Esta realidad pone de relieve cómo la negritud sigue siendo un factor determinante de desigualdad, incluso dentro de comunidades inmigrantes que, en conjunto, impulsan un crecimiento económico muy evidente.
Los latinos en Estados Unidos constituyen hoy una de las fuerzas económicas más dinámicas del país, y los negros —incluidos inmigrantes y afrolatinos— realizan aportes sustanciales en sectores clave como la salud, el emprendimiento, la educación y la organización comunitaria. Sin embargo, estos aportes contrastan a menudo con el trato que reciben, los expone a precariedad, criminalización y exclusión política.
El Mes de la Historia Negra nos recuerda que la Historia no es un relato fijo ni inocente, sino un campo de disputa. Cuando se eliminan memoriales o se silencian los relatos sobre la esclavitud y el racismo, no se busca ni se quiere la unidad, sino el control del significado.
Una nación que solo celebra sus victorias y oculta sus injusticias construye un mito, no una identidad compartida. Por eso el Mes de la Herencia Negra no es un gesto simbólico ni una concesión cultural. Es una exigencia democrática. Un recordatorio de que la verdad importa, especialmente cuando incomoda, y de que la memoria fiel a los hechos es un acto de mínimo justicia.

