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El tiempo pasa, el dolor no: Once años después del disparo mortal, una madre aún llora a su hijo

El 24 de enero de 2015 es una fecha que vive dentro de mi cuerpo. No es solo un día en el calendario: es una herida que nunca termina de cicatrizar. En la madrugada de ese día, mi hijo, Alejandro Rojas García, fue asesinado por un disparo en un acto de violencia armada en Filadelfia. Era estudiante de tercer año en la Universidad de Temple, lleno de sueños, de planes y de un futuro que prometía tanto. También era padre y sus dos hijos crecieron sin su presencia, conociéndolo únicamente a través de recuerdos, fotografías y las historias que contamos una y otra vez para mantenerlo vivo.

Brianna y Little Alex eran aún adolescentes cuando su mundo se rompió. Perdieron a su papá antes de ser lo suficientemente grandes como para entender por qué la violencia continúa robándoles el futuro a nuestros hijos.

Han pasado once años. La gente suele decir que el tiempo suaviza el dolor, que la pena se vuelve más soportable. Pero la verdad es que el duelo no desaparece: solo cambia de forma. Te acompaña en silencio, como una sombra que no notas hasta que cambia la luz. Yo todavía siento el dolor. Aún cargo con el peso de aquella mañana de enero, cuando mi vida se dividió entre un antes y un después.

Ayer fui al cementerio a visitar la tumba de mi hijo. Dibujé un corazón en la nieve, escribí su nombre en el centro y dejé la marca de mi mano helada, como una tarjeta de visita de una madre para su hijo. Mi amiga Mary, quien me acompañó para apoyarme, y yo rezamos un Padre Nuestro. El aire frío me golpeaba la piel mientras pronunciaba palabras que no tenían otro lugar a donde ir.

Ya no escucho su voz como antes. Su sonrisa, que antes veía tan clara, ahora se refleja en los ojos de sus hijos. Lo reconozco en sus gestos, en su forma de reír, en la fortaleza silenciosa que llevan consigo. Su vida continúa a través de ellos, aunque su ausencia siga siendo permanente.

Escribo hoy no solo como una madre que recuerda a su hijo, sino como una voz entre tantas en Filadelfia que han sido devastadas por la violencia armada. Aunque la ciudad ha registrado una disminución de homicidios en los últimos años, el dolor permanece.
¿Cómo se mide lo que significa enterrar a un hijo?

Ese dolor se refleja en:

La violencia armada en Filadelfia—y en todo el país—no es una tormenta que simplemente pasa. Es un fuego lento que deja a las familias de pie entre las cenizas mucho después de que los titulares desaparecen. No se extingue sola. No se resuelve con el tiempo. Y no deja de doler cuando el ciclo de noticias sigue adelante.

A las madres que han perdido a sus hijos por la violencia armada: las veo. Camino a su lado, incluso cuando nuestro duelo es silencioso. Nuestras historias importan. Nuestros hijos importaron. Fueron más que víctimas: fueron estudiantes, padres, soñadores y seres profundamente amados.

Hoy, once años después de que mi hijo Alex fue arrebatado de este mundo, escribo su nombre para que no se olvide. Lo recuerdo por cómo vivió—y por el amor que aún nos une, más allá del tiempo, la distancia y la ausencia.

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