A sus 86 años, Tencha Ávila habla con la claridad de quien ha vivido muchas vidas en una sola. Hija de inmigrantes mexicanos, criada en la pobreza de los campamentos agrícolas de Colorado, administradora en Vietnam durante la guerra, defensora de los trabajadores del campo en Washington, dramaturga en Nuevo México y pilastra de su esposo y de su familia, su historia es una historia de sacrificio, resiliencia y orgullo cultural.
En una charla con Perla Lara, editora de Impacto, Tencha se abrió sobre los triunfos, las batallas, las aventuras y las enseñanzas de su larga vida de activismo en defensa de la dignidad de la mujer y los derechos de los menos favorecidos.
“Somos 12 hermanos”, empieza contando. “Solamente tres hombres y nueve mujeres”
Nacida en una familia de trabajadores agrícolas migrantes, Tencha pasó su infancia en una colonia vinculada a la fábrica Crystal Sugar Factory, en Colorado. Las condiciones eran durísimas. “No teníamos nada”, recuerda. “Los excusados estaban afuera. No teníamos electricidad. Teníamos que extraer agua con una bomba”. Y aun siendo apenas una niña, sobre sus hombros cayó una enorme responsabilidad.
“A los siete años ya cuidaba a cinco niños sola todo el día”, cuenta. “Cuando tenía nueve años, me dejaron un mes cuidando a siete”. Eso fue porque la mayor de mis hermanas, María, de 11 años se la llevaron a trabajar a los campos, y la segunda estaba viviendo en Chihuahua con mis tías. Pero recuerdo este tiempo con mucha gratitud y orgullo porque me sentía respetada y apreciado, tanto en la escuela como en la casa.
Mientras sus padres trabajaban largas jornadas en los campos, ella se convertía prácticamente en una segunda madre. Su mamá, originaria de Chihuahua, había sido obligada desde niña a dejar la escuela para trabajar. Su padre, de Zacatecas, mantenía un profundo apego a las tradiciones mexicanas. Juntos construyeron un hogar donde el español, la música mexicana, el teatro y las tradiciones marcaron la vida familiar.
“Celebrábamos las posadas todas las noches desde el 16 de diciembre hasta la Nochebuena”, recuerda Ávila. “Imagínese… tan pobres, pero con esas peregrinaciones preciosas”.
Ella atribuye gran parte de su sentido del humor y de su manera de escribir a la influencia de Cantinflas. Una vez al mes, ella y su padre viajaban largas distancias en autobús solamente para ver una de sus películas. “La influencia de Cantinflas tiene mucho que ver con cómo escribo”, explica. “Aunque sea un tema serio, todo me sale chistoso”.
A pesar de las enormes responsabilidades familiares, Ávila destacó en la escuela. Fue porrista, líder estudiantil y compañera solidaria de quienes necesitaban ayuda.
“Era normal para mí ayudar”, dice. “¿Necesitas apoyo con tu homework? Yo te ayudo”.
Una beca le abrió las puertas de la universidad, aunque el miedo y la inseguridad económica casi le impidieron aceptarla. Inicialmente fue admitida en una institución de élite, pero decidió estudiar en un community college, donde sintió que podría encajar mejor.
“I’m gonna make you proud of me”, (voy a hacer que te sientas orgullosa de mí) recuerda que le dijo a su madre.
Y cumplió. Después de graduarse como la mejor estudiante, ingresó a la Universidad de Colorado en Boulder, donde obtuvo títulos en educación y comunicación.
Sin embargo, la necesidad económica la llevó pronto al servicio público. Inspirada por el legendario periodista Edward R. Murrow, se mudó a Washington, D.C., aprobó los exámenes federales y terminó trabajando en programas asociados al Departamento de Estado de Estados Unidos.

Más tarde, la USIA (Agencia de Información de los Estados Unidos) la envió a Vietnam durante la guerra. Los ingresos eran mucho mejores que lo que ganaba como maestra, lo que le dio la posibilidad de ayudar aún más a su familia. La joven y distinguida chicana, administraba una escuela de idiomas bajo el USIS (Servicio de Información de los Estados Unidos).
Allí enfrentó otra batalla: el acoso sexual de altos funcionarios. “Yo iba a conservar mi dignidad”, refiere con firmeza. “Nadie me iba a someter a sus caprichos…”
En la exquisita charla, Tencha relata cómo funcionarios poderosos intentaron repetidamente obligarla a tener relaciones con ellos. Uno de los episodios involucró a un alto funcionario enviado desde Washington.
“Me dijo: ‘¿No sabes quién soy yo?’”, recuerda. “Y yo le dije: ‘Sí sé quién es usted… pero, aunque fuera el rey de Siam, no me iría a la cama con usted’”.
Su negativa tuvo consecuencias. “Me castigaron”, cuenta. “Me quitaron el diferencial del salario y luego me quitaron el trabajo. Pero no me importó. Dije: ‘Encontraré otro trabajo’”.
Durante sus años en Vietnam conoció a quien sería su esposo, el periodista Walter Friedenberg, cuyos reportajes eran publicados en periódicos de la cadena Scripps-Howard. Él era hijo de inmigrantes alemanes y, según Ávila, ambos se identificaron desde el principio por sus raíces inmigrantes.
“Realmente, lo único que teníamos en común”, dice con humor, “era ser hijos de inmigrantes”. Permanecieron casados durante casi 57 años, hasta la muerte de Friedenberg.
Tencha es madre de Christopher, abogado en Cody, Wyoming; una hija adoptada, Karina Tanner; tiene tresnietas, cuatro bisnietas y un bisnieto. Eric Max, su otro hijo, era artista, pintor y cómico, y falleció en 2014. En México adoptó a una familia, allá también tiene nietos y bisnietos.
Su matrimonio la llevó a vivir en varios estados, países y continentes. Radicaron por un buen tiempo en Inglaterra, China, y Mexico, y visitó 43 países, actualmente radica en Santa Fe.
Recuerda con especial atención, que mientras criaba a sus hijos y su esposo estaba en el apogeo de su carrera periodística ella se quedó sola en Londres con los niños pequeños mientras Friedenberg cubría las negociaciones de paz entre el presidente egipcio Anwar Sadat y el primer ministro israelí Menachem Begin.
“Yo le dije —cuenta entre risas—, si juntas a un judío y a un árabe, van a firmar la paz en Navidad”. Y así ocurrió.
De regreso en Washington, Tencha trabajó para el Congressional Hispanic Caucus bajo la dirección de Bill Richardson. Una de sus luchas principales fue exigir agua potable y baños para los trabajadores agrícolas.
Recuerda cómo presionó a periodistas para que cubrieran el tema. Después de conversar con un reportero de The New York Times, apareció una editorial sobre el asunto; días después el Washington Post retomó el asunto, y tras otros cinco días salió una nueva editorial en el NYT.
“Conseguimos tres editoriales en diez días”, dice con orgullo. “Y finalmente estaban usando la palabra ‘toilet’ en vez de ‘sanitary facilities’”.
Su activismo fue profundamente personal. Ella misma había crecido en campamentos agrícolas y conocía perfectamente las humillaciones que sufrían los trabajadores del campo.
En los años siguientes, regresó a otra de sus grandes pasiones: el teatro. A los 53 años ingresó a la escuela de teatro en Athens, Ohio, pese al reto de su edad se adaptó y destacó, recuerda.
“He amado el teatro desde que mi papá me cargó sobre un escenario dentro de un costal”, escribió en su ensayo de admisión, frase que encantó a la directora del departamento y le abrió las puertas del programa.
Al ingresar le pidieron un “play” y ella presento la obra “Kiss Bessemer Goodbye”, que cuenta la historia de Lupita, una joven mexicoamericana que lucha contra el machismo recalcitrante de su tío, y busca construir su propio destino. La obra fue elegida para montaje en la universidad cuando ella se graduó y después llegó también a off-Broadway. “Estoy tan agradecida de que muchos de mis compañeros anglosajones de clase, maestros y profesores me apoyaron y me han ayudado a sentirme plena e igual a lo largo de la vida”, afirma Tencha.
Hoy, reflexiona constantemente sobre el envejecimiento, el cuidado familiar y la fragilidad humana. Durante años cuidó sola a su esposo enfermo, un trabajo físicamente agotador que le dejó secuelas permanentes. “Nadie quiere hacer eso”. Ella misma tuvo problemas de salud graves, pero encontró las fuerzas para cruzar el país, e ir a despedirse de su hermano el legendario Magdaleno Rose-Avila, quien falleciera pocos días después de su visita. Para ella Leno fue como un hijo.
La historia de esta brillante chicana, después de décadas de pobreza, discriminación, desplazamientos y pérdidas, da muestra de la resiliencia que en muchas ocasiones surge desde la gratitud, antídoto al resentimiento. Su vida, marcada por la migración y el sacrificio de sus padres, sigue profundamente anclada en la memoria, la familia y las historias que se siguen entretejiendo a su alrededor.
Desde los campamentos agrícolas de Colorado hasta los círculos diplomáticos de Washington y el Vietnam de la guerra, Tencha Avila-Friedenberg llevó siempre consigo las lecciones de un humilde hogar mexicoamericano que le enseñó, por encima de todo, a defender su cultura y dignidad.
“Yo iba a conservar mi dignidad a toda costa”, repite. Y así lo cumplió dando lecciones de vida hasta el día de hoy.
Desde este espacio le damos la bienvenida a la heredera de nuestro amado Leno, ya que Tencha empezara a formar parte de las plumas de Impacto.