Hellen y Ana, una historia de amor

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Norristown, PA – El otro día, leía acerca de la extraordinaria vida de Hellen Keller, la niña que quedó sorda y ciega apenas a los 19 meses de nacida. Su historia me dejó sin palabras. Me preguntaba cómo sería tomar conciencia de la vida en un mundo completamente a oscuras y en silencio. En ese momento, cerré los ojos y me tapé los oídos, imaginando la sensación de estar en esa condición, y fue ¡aterrador!, sobre todo para alguien que, como yo, ya conoce la luz, las formas, los colores, los sonidos, la música y la voz de sus seres queridos.

Hellen se expuso al mundo contando sólo con la capacidad de oler, saborear y tocar. Me resultó increíble saber que alguien así, pudiera haber llegado a ser escritora, oradora, activista política y una de las mujeres más influyentes de la historia. Sin duda, la dirección de alguien con sensibilidad, pasión y vocación para educar fue indispensable.

En 1887, cuando Hellen estaba por cumplir los siete años, llegó a su vida la maestra Ana Sullivan; una mujer de padres irlandeses inmigrantes, huérfana de madre, separada de sus hermanos, y quien a los cinco años sufrió ceguera parcial por tracoma (enfermedad causada por la bacteria Chlamydia trachomatis). Ana fue atendida en una institución para ciegos, donde recibió varias operaciones para mejorar su vista; ahí mismo estudió y logró graduarse con honores como la primera maestra para invidentes.

En esa época, los ciegos y los sordos tenían que ser atendidos en instituciones especiales de por vida, ya que eran considerados retrasados mentales, imposibilitados para aprender. Desafortunadamente, el lenguaje para sordomudos estaba apenas en desarrollo. Ana se encontró con una niña agresiva, rebelde y de apariencia triste; como si se tratara de un animalito salvaje.

“Todo lo que el hombre sabe, siente y piensa, lo expresa con palabras, y ellas disipan las tinieblas. Y yo sé, estoy segura, de que con una palabra que consiga enseñarle, pondré el mundo en sus manos. Y Dios sabe que no me conformaré con menos”, dijo la maestra, decidida a educar a su nueva alumna. Así, con paciencia, dedicación y mucho amor, comenzó la aventura de ambas.

Ana intentó incansablemente y durante muchos meses, enseñar a Hellen el lenguaje de señas o alfabeto dactilológico, colocando su mano sobre la palma de la pequeña para que ella sintiera como estaban colocados sus dedos; sin embargo, no lograba avanzar mucho. Hasta que un día, cuando casi se daba por vencida, la maestra puso la manita de Hellen bajo el chorro del agua para que pudiera sentir la frescura de “eso” que caía en sus manos. Ana colocó repetidas veces varias señas en la palma de la niña, como “deletreando”. Hellen aprendió su primera palabra y así, Ana “le salvó la vida”. A partir de ese momento ya nadie pudo detenerlas, e iniciaron una hermosa relación que duró más de 49 años, hasta la muerte de Ana.

Creo que, como padre, mentor o maestro, tenemos la responsabilidad de despertar el talento que cada niño tiene, y ayudarlo a convertirse en su propia obra maestra. ¡Feliz regreso a clases!

Si quiere saber más acerca de la historia de Hellen Keller, recomiendo leer su autobiografía, “La historia de mi vida”.

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