Impacto

Colombianos de Filadelfia abrazan a su país en medio de la tragedia

Más de 100 voluntarios respondieron al llamado de Acción Colombia para recolectar ayudas para los damnificados del terremoto. (Foto: Acción Colombia)

Mi relato comienza cinco días después del terremoto. El día en que “El Catracho”, un hombre de enorme mostacho y mirada curtida por los años me enseñó a envolver en plástico una columna de cajas destinada a Colombia. La tarea consistía en girar una y otra vez alrededor de los paquetes hasta casi marearse, asegurándose de que todo llegara en buenas condiciones. La vida tiene una curiosa manera de convertir las vueltas en metáforas.

Ese mismo día aprendí también los nombres de muchas personas: Jennifer, Matthew, Jonathan, Laura, Janeth y tantos otros que ofrecieron su tiempo y energía para poner en marcha una iniciativa que, un par de días antes, habíamos imaginado junto a mis compañeros de Acción Colombia. La misión era sencilla y urgente: recolectar ayuda para los damnificados del terremoto que sacudió el occidente colombiano.

Durante dos jornadas, desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche, mi vida giró alrededor de cajas, pañales, alimentos enlatados, botellas de agua, carpas y suministros de primera necesidad. Pero también giró alrededor de algo mucho más importante: la solidaridad.

Más de un centenar de voluntarios convirtieron el noreste de Filadelfia en un gran centro de acopio. Llegaron familias completas, jóvenes, adultos mayores y líderes comunitarios. Todos respondieron al llamado de una tierra que tembló, dejando cientos de fallecidos, miles de personas sin hogar y una profunda herida en comunidades enteras.

La información se difundió rápidamente a través de las redes sociales y de la tradicional voz a voz. Se supo que había puntos de recolección en Lighthouse, en la iglesia Avivamiento y en la panadería Amigos. Quizás no sea casualidad que ese último lugar lleve ese nombre. En medio de la tragedia, la amistad y el apoyo mutuo se volvieron protagonistas.

Organizaciones como Acción Colombia, la Cámara de Comercio de Colombianos, Colombia Unida y Colombianos en Philadelphia unieron esfuerzos para apoyar a las víctimas. (Foto: Acción Colombia)

Eso fue precisamente lo que vi: amigos, muchos de ellos vestidos con camisetas de fútbol, unidos por el deseo de ayudar y con el corazón puesto en Colombia. Porque cuando el país de origen parece reducirse a las imágenes que llegan por la pantalla de un teléfono, cualquier gesto se convierte en una forma de acercarse.

Como todavía no existe una manera de abrazar a la distancia, hicimos lo que estaba a nuestro alcance. Dejamos a un lado el desconcierto, secamos las lágrimas y nos dedicamos a llenar cajas con esperanza. Cajas destinadas a alimentar a quienes lo perdieron todo, a brindar alivio a quienes quedaron sin techo y a acompañar el duelo de quienes enfrentan pérdidas irreparables.

A esta altura debo confesar que dejé de lado mi condición de observador para escribir desde la experiencia del migrante. Mi familia está bien, gracias a Dios. Pero mi otra familia, esa que comparte conmigo una identidad, una cultura y una bandera, está sufriendo. Por eso el terremoto dejó de ser una noticia para convertirse en algo profundamente personal.

Hubo un terremoto, y eso, visto desde lejos, quita el sueño. Da ganas de tomar el primer avión disponible y recuerda una verdad que a veces olvidamos: bastan noventa segundos para que cambie la vida de miles de personas. Es un recordatorio de que nada es permanente y de que la estabilidad que damos por sentada puede desaparecer en cualquier momento.

Vi salir camiones cargados de ayuda hacia las zonas afectadas. Vi personas llegar con una pequeña bolsa de donaciones y otras llenar vehículos enteros con suministros. También vi cómo, por unos días, quedaron atrás las discusiones de fútbol y las diferencias políticas. En su lugar aparecieron hombros cargando cajas, manos trabajando juntas y nuevas amistades naciendo en medio de la adversidad.

Entre ellas, quizá la de Janeth. Ella me contó que las vueltas de la vida la mantuvieron lejos de dos terremotos ocurridos en Colombia. También me confesó que lloró días después del desastre al pensar que algún día regresará a Pereira y que nada volverá a verse igual.

Tal vez esa sea la lección más difícil de aceptar: que la vida cambia en cuestión de segundos. Pero también que, incluso a miles de kilómetros de distancia, una comunidad puede reunirse para sostener a su país cuando más lo necesita.

Salir de la versión móvil