Setecientos cincuenta días después, se ha oficializado una de las promesas insignia de campaña de la Administración Parker.
Prefiero contarlo en días, porque la aparente insignificancia de un número singular nos hace perder perspectiva: diluye el peso de los acontecimientos, borra del mapa a las personas y normaliza la idea de que las cosas “simplemente pasan”. Cuando en realidad, no. Las cosas rara vez pasan; se empujan, se negocian, se aplazan, se reescriben y, con suerte, algún día se anuncian con micrófono y podio.
Citar los días es un acto de terquedad matemática. Es insistir en que cada uno de ellos existió, que alguien trabajó, dudó o se desesperó durante esos setecientos cincuenta amaneceres. Que hubo cafés fríos, agendas saturadas y silencios incómodos que no caben en un comunicado de prensa.
Citando al poeta español Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar” (lo siento, Joan Manuel Serrat). Y podemos añadir: “Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Eso que, en inglés, con menos lirismo y más manual de instrucciones, se conoce como “building the plane as you are flying it”. Siempre me ha parecido fascinante —y un poco revelador— que los latinoamericanos pensemos en caminar mientras que los estadounidenses piensen en volar. Unos avanzamos a paso incierto, mirando el suelo; otros despegan convencidos de que las alas aparecerán a mitad del trayecto. Ambas metáforas comparten algo esencial: nadie sabe del todo cómo va a terminar esto.
Pero bueno, el sendero se va trazando, que para efectos prácticos es lo mismo que decir que el avión se está construyendo. Con la diferencia de que aquí no hay simulador, ni botón de pausa, ni garantía de aterrizaje suave. Y ya entrando en terrenos de epopeyas —porque toda política pública necesita un poco de mitología— H.O.M.E. (Housing Opportunities Made Easy) pareciera más bien descender desde el Olimpo de las iniciativas municipales. Llega con sesenta y tantos programas, una ambición desbordada y esa confianza casi divina de que ahora sí, esta vez, las cosas van a alinearse.
Mi imaginación se desborda al pensar en la cantidad de juntas, conversaciones, negociaciones, correos, llamadas, caminatas, copias, (¿faxes?) que ha tomado llegar hasta este punto. Imagino salas sin ventanas, calendarios compartidos que nadie entiende, múltiples versiones un mismo documento y frases como “déjame revisarlo con el equipo” repetidas hasta el cansancio. Todo para llegar a lo que muchos perciben como el final feliz, cuando en realidad se parece más al momento en que aparecen los créditos iniciales.
Porque si algo nos ha enseñado la experiencia es que anunciar no es ejecutar, y prometer no es cumplir. El verdadero trabajo —el incómodo, el lento, el políticamente riesgoso— empieza justo después del aplauso.
El aire del cuarto 200 del Ayuntamiento de Filadelfia se sentía sospechosamente ligero. Ahí, una avanzada de desarrolladores, agencias comunitarias, personal administrativo, oficiales, figuras públicas y curiosos presenció lo que, sin demasiada hipérbole, puede llamarse un momento histórico. Y como ya es habitual en la Administración Parker, el evento vino acompañado de discursos emotivos, menciones honoríficas, aplausos y gestos reflexivos.
Para quien suscribe, el momento funcionó como un respiro. Un paréntesis breve para olvidarse —aunque fuera por minutos contados— del clima político y social que suele sentirse denso, cargado, casi irrespirable por estos días. Ahí, en ese cuarto, por un instante pareció posible recordar que gobernar todavía puede ser un ejercicio de construcción colectiva.
Salí del Ayuntamiento con esa sensación ambigua tan familiar: una mezcla de esperanza cautelosa y de incertidumbre por saber cuál será el desenlace de todo esto. Porque, aunque creer sin cuestionar ya no sea una opción, renunciar al optimismo tampoco lo es. Tal vez ese sea el verdadero equilibrio de estos tiempos: caminar sabiendo que el camino se hace al andar, mientras miramos de reojo un avión que sigue en el aire… y cruzamos los dedos para que alguien, en alguna parte, esté apretando bien los tornillos.

