«Creo que es tan importante documentar la bondad, la civilidad y la generosidad del espíritu como mostrar la crueldad, la banalidad y la indiferencia».
— Frederick Wiseman, cineasta documental
El otro día estaba escuchando en un pódcast, a dos de mis comunicadores favoritos, Simon Sinek y Trevor Noah, quienes hablaban sobre el origen de la palabra bondad; algo de lo que dijo se quedó conmigo mucho después de que terminara el episodio.
“En la mayoría de los idiomas”, explicó Trevor, “la bondad está vinculada con la generosidad, el servicio y el hacer el bien a los demás. Ya sea en francés, árabe, chino o griego, la idea es la misma: dar, servir, cuidar. Simple. Hermoso. Directo desde el corazón. Pero en inglés, la palabra kindness viene de algo distinto. Proviene de la palabra kind—como en humankind (humanidad), kindred (afín), my kin (mi gente). En otras palabras… somos lo mismo. Tú eres yo, y yo soy tú”.
Eso me impactó profundamente. Fue como encontrar una respuesta a algo que llevaba mucho tiempo buscando. Porque tal vez eso es justo lo que nos hace falta hoy.
Vivimos en un mundo donde cada uno va por su propio carril. Cada persona tiene su propia pantalla, su propio contenido, su propio algoritmo. Ves lo que quieres, cuando quieres. Escuchas lo que confirma tus ideas. Sigues a quienes piensan igual que tú.
Suena bien, pero hay un problema.
Nos estamos alejando de la idea de que somos del “mismo tipo”.
Antes, las familias veían los mismos programas de televisión juntas. Tal vez no te gustaba lo que veían tus padres, pero te quedabas ahí y hacías que funcionara. ¿Por qué? Porque era tiempo en familia. Era algo compartido. Nos reíamos de los mismos chistes. Hablábamos de las mismas cosas.
Hoy parece que cada uno vive en su propio mundo: misma casa, realidades distintas. Y cuando dejamos de compartir experiencias, dejamos de entendernos. La bondad se vuelve más difícil.
Porque la verdadera bondad no es solo ser amable con las personas que nos caen bien. La bondad real es dar un pedacito de ti a alguien más. Y eso es difícil. Es escuchar incluso cuando no estás de acuerdo. Es presentarte, aunque no tengas ganas. Es quedarte, cuando irte sería más fácil.
La bondad requiere esfuerzo. Requiere valentía. A veces incluso implica riesgos.
Pensemos en los grandes eventos deportivos o en esos momentos culturales en los que todo el mundo parece hablar de lo mismo. Por un instante, volvemos a sentirnos conectados. Volvemos a ser del “mismo tipo”. Reímos juntos. Reaccionamos juntos. Sentimos juntos. En los tiempos que vivimos, esos momentos son más valiosos que nunca.
Porque sin bondad no hay comunidad verdadera. No hay tribu. No hay sentido de pertenencia.
La bondad hace que las personas se sientan fortalecidas, queridas, escuchadas y valoradas. Pero aquí está la verdad: la bondad no es solo un sentimiento. Es una acción, y actuar requiere mucho esfuerzo. Ser bondadoso es elegir la paciencia en lugar del enojo. La comprensión en lugar del juicio. La humanidad por encima del ego.
Y a veces, la bondad es simplemente estar presente.
En un mundo que constantemente nos separa, tal vez la bondad sea lo único que pueda unirnos de nuevo. Tal vez ser bondadosos sea solo recordar que no somos tan diferentes después de todo.
Yo soy tú.
Y tú eres yo.
*Uriel Rendón es columnista y motivador social, enfocado en la comunidad, la solidaridad y el crecimiento colectivo.

