El otro día estaba escuchando un podcast sobre la inteligencia artificial (IA). Es un tema muy presente, por decir lo menos, y constantemente escuchamos sobre sus beneficios y sus posibles peligros. En ese episodio, Nicholas Thompson y Erik Brynjolfsson exploraban cómo los rápidos avances de la IA están transformando la fuerza laboral al cambiar la demanda en distintos sectores. Concluyen que, aunque la IA desplazará algunos empleos, la adaptación y el desarrollo de nuevas habilidades serán clave para que la tecnología complemente, y no reemplace, la capacidad humana.
Pero en mi humilde y humana opinión, si simplificamos la conversación, el verdadero poder de la IA estará en manos de quienes la controlen y la regulen. También debemos reconocer que probablemente nunca podremos predecir con exactitud su rumbo. El gran desafío de la tecnología avanzada es la velocidad a la que evoluciona, mientras que las regulaciones siempre parecen quedarse atrás. Ya lo vimos con el internet y otras innovaciones digitales.
Más tarde esa semana, escuché otro podcast sobre un discurso de graduación de Denzel Washington. En su recordado mensaje de 2011 en la Universidad de Pensilvania, alentó a los graduados a “caer hacia adelante”, en lugar de depender de una red de seguridad. Señaló que el fracaso es inevitable cuando se toman riesgos y que, si una persona nunca fracasa, en realidad no lo está intentando.
Eso me llevó a reflexionar que quizás hay algo que la IA nunca podrá hacer. Cuando descubres el valor del fracaso, aprendes y creces profundamente. Fracasar es, probablemente, la experiencia más humana que existe: en las relaciones, en la paternidad, en el trabajo o en el deporte. Michael Jordan decía que falló muchos más tiros de los que logró encestar.
Hay muchas cosas que la IA jamás podrá experimentar. Sostener a un bebé por primera vez. Amar a otra persona. Aprender de un mentor. Adoptar los valores que nos enseñaron nuestros padres. Cada día crecemos a través de nuestras interacciones humanas: con compañeros de trabajo, con la familia, con nuestra comunidad. Y, además, existen valores profundamente humanos como el amor, la compasión, la empatía, el perdón y la bondad.
Un algoritmo puede analizar datos, pero nunca entenderá el peso de un corazón roto ni el dolor de perder a alguien que amas. No puede sentir lágrimas ni comprender la valentía silenciosa que se necesita para sanar, recoger los pedazos y decidir abrir el corazón de nuevo. Esos momentos difíciles son los que realmente definen nuestra humanidad.
Nuestra mejor defensa frente a un futuro incierto seguirá siendo nuestra capacidad de cuidarnos unos a otros, de cargar con el dolor ajeno, de permanecer unidos en momentos difíciles y de elegir amarnos con una bondad consciente e incondicional.

