Mantenerse positivo en estos tiempos es muy difícil; encedemos las noticias, miramos el celular o entramos a nuestras redes sociales favoritas y lo que vemos muchas veces es coraje, miedo y división. Eso no quiere decir que todo en el Internet sea malo. Las redes sociales también nos han dado cosas buenas: ideas para llevar una vida más saludable, inspiración para mejorar nuestras finanzas y motivación para ser mejores personas. La esperanza sigue ahí. Solo que algunos días se hace más difícil verla.
Aun así, la mayoría de nosotros se levanta todas las mañanas y sigue pa’lante. Vamos a trabajar, cuidamos de nuestras familias y mantenemos las cosas en movimiento porque la producción no se detiene. Las cuentas siguen llegando. Las responsabilidades no se ponen en pausa. Muchas veces no hay espacio para sentarnos con la tristeza o frustración, aunque las sintamos bien pesadas. Y seamos honestos: febrero no ayuda mucho. El frío, las tormentas de nieve, los cielos grises, los días cortos… a menos que te encante el invierno, afecta cómo nos sentimos.
Entonces empezamos a buscar respuestas. Buscamos algo que nos haga sentir mejor, algo que nos dé claridad. Pero a veces nos quedamos atrapados en nuestros propios mundos… mundos que quizás nosotros mismos ayudamos a crear. No hablo solo de los algoritmos de las redes sociales; hablo de los algoritmos de la vida real. Las rutinas, los hábitos y las maneras de pensar que no nos dejan ver nuevas soluciones. A veces levantamos nuestras propias paredes sin darnos cuenta.
Simon Sinek, en su boletín “The Secret to Staying Optimistic (That Nobody Talks About)”, compartió una idea que a mí me llegó. Él escribió: “El verdadero optimismo no se trata de fingir que todo está bien. Se trata de saber que, aun cuando las cosas no están bien, tenemos la fortaleza, el apoyo y la capacidad de salir adelante juntos”. Eso es importante, especialmente para nuestras comunidades. El optimismo no es negar la realidad, es resiliencia; es dar la cara incluso cuando las cosas se sienten incómodas.
Entonces, ¿a dónde acudimos cuando todo se siente pesado? Para algunos, la respuesta es la familia o los amigos cercanos. Hay personas que tienen la bendición de contar con ese apoyo. Otros tienen que construirlo poco a poco, con el tiempo.
Algo en lo que pienso mucho es que la vida en sí es una gran jornada en que por el camino hay hoyos, curvas y tropiezos. Se trata de encontrar la fuerza para aguantar, para caerse, fallar y volverse a levantar una y otra vez.
Ahí es donde está el verdadero trabajo. Cuando encontramos la fuerza para levantarnos a nosotros mismos, muchas veces descubrimos que también podemos levantar a otros. Las familias, las comunidades y hasta los lugares de trabajo se fortalecen así. No importa cuán pesado se sienta el día de hoy, muchos todavía escuchamos esa vocecita interior que nos dice: “Todo va a estar bien; aguanta”. En momentos como estos, escuchar esa voz y escucharnos unos a otros puede ser exactamente lo que necesitamos. A veces, eso es suficiente para seguir caminando pa’lante.

