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Una ventisca se acercaba a las llanuras orientales del Colorado y pronto golpearía mi ciudad natal de Las Animas. Lo dejaría todo blanco, con los fuertes vientos que levantaban peligrosos remolinos de nieve y, por supuesto, haría mucho frío. En ese entonces, Las Animas podría haber tenido unos 3,500 residentes y 6,000 vacas, en el condado de Bent.

Corría el año 1973 y estaba visitando mi ciudad natal con mi amigo Bob Thompson, quien era voluntario con nuestra “Lettuce Strike”, la huelga de la lechuga, a unas 150 millas de distancia en Center, Colorado, a unos 7000 pies de altura (2.200 mts), y rodeado por las montañas Sangre de Cristo.

Nos quedamos en la casa de mis padres, en el 124 de Second Street, una humilde pero cálida casa de dos dormitorios, donde mis padres criaron a 12 niños increíbles y ayudaron a otros niños y familias necesitadas. Éramos pobres, pero mis padres siempre tenían comida y, si era necesario, mantas y espacio en el piso para los necesitados.

Desde 1968, después de la muerte del Dr. King, rápidamente fui reconocido en mi ciudad natal como un militante chicano que lideraba marchas y hacía demandas al sistema político en muchas partes del estado. En mi ciudad natal había dirigido las primeras manifestaciones sobre el “Chicano Power” y contra la guerra de Vietnam, y a menudo mi temperamento se apoderaba de mí y mi cordura se perdía por unos momentos. Esto quizás debió quedarse grabado en la mente y el corazón de algunos, pues más tarde me enteré de que muchos me temían, ya que yo podía atraer rápidamente a una multitud ruidosa y militante, y armar una protesta.

Con la tormenta llegando, Bob y yo decidimos quedarnos en Las Ánimas y pasar la noche en la casa de mis padres, y luego, por la mañana, conducir al Centro, que estaba en el medio del Valle de San Luis. Nadie querría quedarse atrapado en una tormenta de nieve en algunos de esos caminos rurales solitarios.

Estábamos tomando una taza de café después de comer las famosas enchiladas, frijoles, arroz y tortillas caseras de mi madre. En esos días no vendían tortillas en las tiendas de abarrotes.

De repente sonó el teléfono, y mi mamá me dijo que John Anaya estaba en la línea y quería hablar conmigo. John tenía un timbre musical natural en su voz cuando hablaba inglés. Fue uno de los partidarios más antiguos de mis esfuerzos en pro de los derechos civiles.

Inmediatamente me explicó que necesitaba de mi ayuda. John vivía en una tierra de granjeros a cinco millas de la ciudad, en una humilde casa de madera sin recubrimiento térmico y con un patio de tierra, habitado por una jauría de seis perros y un cerdo, que se crio con ellos; juntos se enfrentaban a los extraños y perseguían a los coches que pasaban. Ojalá hubiera tenido una cámara en esos días. ¡Era una cosa increíble ver a la manada de perros junto con un cerdo persiguiendo a los autos!

John estaba recibiendo asistencia social y había estado sin trabajo durante meses, unas horas antes, una joven trabajadora del departamento de asistencia social le había notificado que le cortarían la electricidad. Estaba asustado, dada su pésima situación económica y por tener hijos en su casa. En su búsqueda de ayuda, alguien le mencionó que yo estaba en la casa de mis padres.

No podía creer que esa trabajadora social blanca estuviera haciendo esto con una tormenta de nieve en camino, y le pregunté a John el nombre de esa empleada. La mayoría de los que recibían asistencia social eran mexicanoamericanos, y en toda la agencia no había ni una persona negra, y tampoco alguien que fuera bilingüe.

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Un joven trabajador social blanco, algunos años antes desde este mismo departamento había arruinado la vida de mi hermana Rebecca, enviando a Becky, cuando tenía tan solo 14 años, a una escuela correccional dirigida por monjas en Denver. Se llamaba La Casa de Buen Pastor. Ese lugar arruinó la vida de mi hermana y yo conservaba mucho resentimiento hacia la Oficina de Bienestar por ese motivo. Sin mencionar que también tenía mucha rabia hacia las monjas, por lo que permitieron que le pasara a mi hermana y a otras chicas jóvenes en ese tiempo.

Después de que la situación de John Anaya despertara y avivara el fuego dentro de mí, decidí que debía marchar hacia el Departamento de Bienestar, que quedaba a media cuadra la casa de mis padres, era un edificio que antes había sido el hospital del condado. Era un edificio largo y blanco parecido a un viejo velero, y era donde mi madre había trabajado como auxiliar de enfermería. Su cargo había sido una LPN, que significaba “Enfermera Práctica con Licencia”. El trabajo era duro y la paga mínima, pero mi mamá lo hacía, a menudo trabajando en dos turnos de ocho horas. Mi mamá, Carmen Ávila, era respetada y cuando llamaba a los médicos a altas horas de la noche para informarles de cambios críticos en un paciente, a menudo los médicos le preguntaban qué tratamiento y medicinas recomendaría, y con mucha frecuencia seguían sus recomendaciones.

¡Había sido testigo fiel de todo lo que hacían los médicos con sus enfermos!

(este relato continuará)

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