Cuando Perla Lara, editora de este medio comunitario, me preguntó si me gustaría escribir para Impacto, heredando el espacio que ocupaba mi difunto hermano, dudé. Nadie puede ocupar el lugar de Magdaleno Rose Ávila. Era único: escribía sobre derechos humanos desde el corazón, guiado por su intuición y por su experiencia en distintos rincones del mundo. Siempre admiré cuánto podía lograr con eso y con su valentía. Sin embargo, mi hermana menor, Bertie, me animó al decirme que sería una buena oportunidad para seguir alzando la voz sobre los temas de derechos humanos que eran tan importantes para Leno.

¡Allí ocurrieron milagros!
Nosotros, una familia de doce hijos —nueve mujeres y tres hombres— crecimos en la extrema pobreza en el sureste de Colorado, primero en un campamento laboral permanente para mexicanos y después en el pueblo de Las Animas. Nuestra madre, trabajadora, práctica e ingeniosa, ascendió desde jornalera agrícola hasta encargada de limpieza en un hospital y luego enfermera práctica. Amaba a Estados Unidos, donde había vivido desde los nueve meses de edad. Y amaba su trabajo. Cuando alguien le preguntaba qué significaban las iniciales “PN” (Enfermera Práctica) después de su nombre, respondía: “Oh, significan ‘Prácticamente Nada’”. Siempre estaba buscando un mejor empleo para papá, un mexicano con poco o ningún dominio del inglés, y logró sacarlo de los campos agrícolas consiguiéndole un puesto en la lavandería del hospital.
¿Quién no cree en los milagros?
Le consiguió ese puesto enseñándole cómo remojar las sábanas ensangrentadas en agua fría antes de meterlas en la lavadora, cómo operar la máquina de planchado y supervisando su trabajo en el sótano durante sus descansos. Fueron unos buenos años, libres de tensiones económicas. Podíamos pagar el alquiler, los servicios públicos y disfrutar de un delicioso asado todos los domingos. Incluso con las hijas mayores encargándonos de las tareas del hogar —preparando montones de tortillas de harina después de la escuela junto con frijoles y arroz para todos—, las jornadas de trabajo de nuestros padres eran largas y agotadoras, especialmente para nuestro padre, que debía colgar la ropa de cama del hospital al aire libre para que se secara.
Cuando la junta directiva del hospital decidió subcontratar el servicio de lavandería, mi padre perdió su empleo. Volvimos al punto de partida. Mamá comenzó a trabajar dos turnos en el hospital mientras intentábamos a duras penas llegar a fin de mes. Cada mes decidía qué servicios públicos podía pagar junto con la hipoteca. Recuerdo que, cuando tenía unos trece años, regresé aterrorizada después de pagar unas facturas personalmente.
—Mamá, la señora de la oficina de electricidad dice que si no pagamos toda la deuda nos cortará la luz.
—No, no lo hará. Ella me conoce.
Y nunca nos cortaron la luz. Tampoco el gas ni el agua, aunque sí el teléfono de vez en cuando. ¡Un milagro, sin ninguna duda! Nada iba a intimidar a aquella gran mujer. Ya había librado batallas mucho más grandes para mantener con vida a sus hijos durante la Gran Depresión y nada la haría retroceder. Incluso había caminado ocho kilómetros bajo la nieve para obtener ayuda del programa RELIEF, impulsado por Franklin D. Roosevelt para asistir a los pobres. Desde aquel momento, mamá se convirtió en una demócrata partidaria de FDR y nunca dejó de votar después de convertirse en ciudadana estadounidense a los 32 años.
Mi padre volvió a trabajar en los campos durante los veranos e intentó conservar empleos temporales durante el invierno, que mamá le conseguía en la ciudad. Pero era muy difícil mantenerlos, porque cualquier ciudadano estadounidense que quisiera su puesto lavando platos en el hotel local o trabajando como conserje en el juzgado podía reemplazarlo. Papá solo tenía una visa de residente. Me rompía el corazón verlo en los días lluviosos intentando ocultar las lágrimas que corrían por sus mejillas mientras las gotas golpeaban el cristal de la ventana.
Sí, éramos muy pobres económicamente, pero éramos ricos en cultura y valores. Fuimos criados con profundo respeto y amor mutuo, y especialmente con amor por lo mejor de Estados Unidos y México. Éramos verdaderamente una familia bicultural que aprovechaba todo lo bueno que encontraba a su alrededor, mientras nuestro padre se aseguraba de que habláramos español y cantáramos la poesía y las canciones de su amado México. Siempre nos decía:
—Ustedes son inteligentes y pueden hablar ambos idiomas.
Y así fue. ¡Otro milagro!
Y, milagro de milagros, seis de nosotros obtuvimos títulos universitarios avanzados, incluidos dos posgrados de maestría y un MFA (Maestría en Bellas Artes). Pero con títulos o sin ellos, casi todos terminamos sirviendo a nuestras comunidades y a nuestra nación como maestros, enfermeras, dramaturgos y defensores de los derechos humanos.
Mamá se aseguró de que ingresáramos a las Brownies, de las Girl Scouts y la banda escolar. Cuando regresé llorando porque una compañera de segundo grado había dicho: “No queremos mexicanos en las Brownies”, mamá me reprendió y me dijo:
—¿Quieres ser Brownie? Entonces vas a ser Brownie.
Yo era la única verdadera Brownie, de piel morena, y resultó ser una experiencia maravillosa. Nuestra líder, la señora Octavia Beck, me aceptó como si fuera la persona más importante del mundo y luego me pidió que fuera la encargada de dar la bienvenida durante la ceremonia de entrega de insignias y distintivos. ¡Otro milagro!
Ella no sabía, ni llegó a saber jamás, que desde los tres años yo pronunciaba pequeños discursos escritos por mi padre durante las celebraciones del Día de la Independencia de México. Mi primer discurso fue: —¡Viva Hidalgo! ¡Viva Juárez! ¡Viva México!
Gracias a sus actividades y orientación aprendí sobre nuestros ideales democráticos: justicia, igualdad y libertad para todos.
En aquella época tuvimos la suerte de que ya no se deportaba a trabajadores mexicanos ni a los llamados “Dreamers”, como se les conoce hoy. Pero ahora nuestro mundo está al revés. Nuestra democracia está hecha jirones. ¿Todavía hay tiempo para repararla? Los solicitantes de asilo no tienen otro lugar a donde ir que regresar a sus países de origen, donde pueden ser encarcelados, torturados o asesinados. Inmigrantes indocumentados sin antecedentes penales están siendo deportados, encarcelados o maltratados sin transparencia alguna. Ahora incluso los residentes permanentes podrían ser detenidos y encarcelados. ¿Por qué?
Para generar más ganancias para los propietarios de prisiones privadas. Por eso la antigua defensora de los Dreamers tiene un cartel frente a su oficina de abogados que dice: “Aquí no hay milagros”. Hablaré más sobre esto cuando vuelva a escribir.
Leno formó parte de los cerca de 40 millones de mexicoamericanos que habitan actualmente este país. Fueron muchas las causas por las que luchó, pero los derechos humanos y la democracia, son lo que hoy cada uno de nosotros debemos defender con todas nuestras fuerzas: una América con igualdad, libertad y justicia para todos. ¡Sí! Todas las personas en Estados Unidos tienen derechos constitucionales. ¡Que vivan los Estados Unidos, y que viva el continente americano!