Impacto

Kamiah Smalls sigue jugando para South Philly

Kamiah Smalls en acción con el Galatasaray durante la fase final (Final Six) de la Euroliga Femenina de 2026. (Foto: Cortesía/Kamiah Smalls)

La primera canasta a la que tiró Kamiah Smalls fue una caja de leche que su familia clavó en un poste, en la esquina de las calles 18 y Tasker.

Fue en esa esquina, en el sur de Filadelfia, donde su madre, Connie, vio cómo algo empezaba a cobrar fuerza. Kamiah insistía constantemente en ir a la cancha de la escuela local, así que Connie se acercaba en coche para ver a qué se debía tanto alboroto. Al principio, encontraba a su hija apartada, observando jugar a los chicos. Pero un día, la vio allí mismo, en plena acción.

“Y el resto es historia”, dijo Connie.

Había un solo problema: en el sur de Filadelfia no había ningún lugar donde una chica pudiera jugar. No existían ligas femeninas ni campamentos para chicas. Si Kamiah quería jugar, tenía que hacerlo con los chicos. Así que Connie empezó a llevarla por toda la ciudad en busca de oportunidades, hasta que alguien les habló de La Liga del Barrio.

Fue, en palabras de Connie, una de las mejores decisiones que tomaron jamás.

“Sinceramente, se convirtió en un segundo hogar para mí”, dijo Kamiah.

Era tan joven que algunos detalles se han vuelto borrosos con el tiempo, pero hubo cosas que se le quedaron grabadas: unos gemelos con los que jugaba –cuyo padre entrenaba al equipo– y la forma en que Ray Álvarez las dio la bienvenida desde el primer día.

“Ray nos recibió con los brazos abiertos. Creó algo maravilloso para las chicas jóvenes”.

Por primera vez, Kamiah no era la única chica en la cancha. Estaba rodeada de chicas que amaban el juego tanto como ella. Aquello fue tan importante que, según cuenta Connie, al terminar la temporada Kamiah llegó a casa y anunció que ya no quería volver a jugar con los chicos.

Kamiah Smalls en acción con el Galatasaray durante la fase final (Final Six) de la Euroliga Femenina de 2026. (Foto: Cortesía/Kamiah Smalls)

Si le preguntas a Kamiah qué le aportó La Liga más allá del baloncesto, la respuesta surge de inmediato:

“Confianza, relaciones, contactos, familia”.

Era la primera vez que se encontraba en un entorno así, y aprendió algo que le serviría durante toda su vida: cómo seguir creciendo, cómo ampliar sus horizontes y cómo desenvolverse con éxito en lugares donde no conocía a nadie.

Aquella lección se pondría a prueba más de lo que ella jamás habría imaginado.

Al llegar al instituto, el baloncesto se había convertido en algo más que una simple pasión. Gracias a que jugaba en la AAU durante los veranos, Kamiah se dio cuenta de que este deporte podía ayudarle a pagar sus estudios universitarios. Con el tiempo, logró llegar a la Universidad James Madison, donde el baloncesto ayudó a costear sus estudios.

“Ahí fue donde realmente nació mi pasión”, comentó.

Mientras tanto, Filadelfia ya había forjado su carácter.

“Philly sacó la guerrera que llevo dentro”, dijo Kamiah. “Philly hizo surgir esa tenacidad que tengo hoy”.

Crecer donde ella lo hizo no siempre fue fácil; reconoce que su madre creó oportunidades que le ayudaron a crecer ante la adversidad. Sin embargo, el barrio le enseñó lecciones que ningún gimnasio podría haberle dado.

“Si fallo diez veces, tengo que levantarme once”, afirmó. “Nadie me va a regalar nada”.

En aquellas canchas callejeras donde jugaba con chicos, aprendió que tendría que salir a ganarse todo por sí misma.

Lleva ese orgullo a flor de piel. Le dice a cualquiera que es de la calle 18 y Tasker, y lo pronuncia como una insignia de honor: una jugadora que partía en desventaja –proveniente de un programa universitario de menor renombre– y que lleva a su ciudad consigo.

Hoy, esa jugadora que desafió los pronósticos se prepara para su séptima temporada profesional en el extranjero.

Kamiah ha jugado en Italia, Francia, Polonia y Turquía; Francia sigue siendo su país favorito por su diversidad y su sentido de inclusión.

Si le hubieras preguntado tras su primer año en el extranjero, admite que te habría dicho que no quería volver jamás. La adaptación fue difícil y el estilo de vida, distinto. Pero aprendió a aceptar la incomodidad y a verla como una oportunidad de crecimiento.

“La única forma de crecer es estando abierta al cambio”, dijo. “Mantente presente donde estés. Acepta cada experiencia, ya sea buena, mala o indiferente”.

Algunos de los desafíos más duros fueron situaciones en las que la mayoría de la gente de su tierra nunca piensa: cosas tan simples como ir a un supermercado o a un restaurante y no entender el idioma. A eso se sumaban las adaptaciones culturales.

Durante su primera temporada profesional en Empoli (Italia), a menudo se encontraba siendo una de las pocas mujeres negras en muchos entornos.

“Hay que tener la mente abierta”, señaló. “Quizás nunca en su vida habían visto a una afroamericana”.

En lugar de amargarse, optó por la comprensión.

En cada etapa de este camino, su fe ha sido un pilar fundamental. “Siento que Dios me tiene fuertemente abrazada”, dijo. “Todo esto me lo pueden quitar en un segundo. Toda la gloria sea para Dios por el lugar en el que me encuentro”.

Este año estuvo más cerca que nunca de llegar a la WNBA, al conseguir una prueba con el equipo de Portland. Aunque no se tradujo en un contrato, no considera la experiencia como una decepción.

“Nunca te disculpes por lo que Dios ha escrito”, afirmó. “Lo que es para mí, siempre será para mí, y nadie podrá quitármelo”.

La prueba confirmó que las organizaciones profesionales reconocen su talento y su valor. Para Kamiah, la respuesta es sencilla: seguir trabajando.

Espera regresar al extranjero más adelante este verano. Aún no ha concretado su fichaje con ningún equipo –podría incluso tratarse de un nuevo país–, pero se mantiene preparada para lo que venga.

Para Connie, presenciar la trayectoria de su hija ha sido una bendición.

Kamiah Smalls en acción con el Galatasaray durante la fase final (Final Six) de la Euroliga Femenina de 2026. (Foto: Cortesía/Kamiah Smalls)

“Ha sido realmente increíble ver a Kamiah convertirse en una gran jugadora y verla jugar por todo el mundo”, dijo. “Me llena el corazón saber que se ha ganado y merece todas las bendiciones que está recibiendo”.

Cuando Kamiah piensa en aquella niña que lanzaba el balón a una caja de leche en la esquina de las calles 18 y Tasker, su voz se suaviza.

“Ella estaría muy orgullosa. Nunca imaginó que esto sucedería”.

Y para la próxima chica que esté en una esquina de Filadelfia, observando a los chicos jugar y preguntándose si hay lugar para ella también, Kamiah tiene un mensaje:

“Nadie puede decirte lo que puedes llegar a ser. Tienes que presentarte cada día, dar lo mejor de ti, y Dios hará el resto”.

Ella misma se considera una prueba viviente de ello.

Una niña pequeña del sur de Filadelfia que llegó a ser algo mucho más grande de lo que jamás imaginó.

Su entrenadora universitaria la describió una vez como una “superestrella única”. No porque anotara la mayor cantidad de puntos, sino porque hacía mejores a quienes la rodeaban.

“Solo puedo ser tan buena como lo sean mis compañeras de equipo”, afirmó.

“Soy la estrella de una liga universitaria de menor perfil que logró triunfar. Y si yo pude hacerlo, tú también puedes”.

Ha recorrido un largo camino desde aquella caja de leche en la esquina de las calles 18 y Tasker.

Pero sigue llevándolo todo consigo: su barrio, su ciudad y el segundo hogar que encontró en La Liga del Barrio.

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