Easton, PA. – Un estudiante podía ingresar a la universidad con talento, ambición e ideas y aun así no saber a quién acudir cuando aumentaba la presión. Durante un conversatorio en la Convención Latina de Pensilvania 2026, estudiantes y administradores de East Stroudsburg University exploraron una pregunta que muchas veces recibía menos atención: ¿qué diferencia podía hacer un solo asesor en la vida de un estudiante?
Para los jóvenes latinos, esa pregunta podía tener un peso adicional. Algunos llegaron al campus como inmigrantes o como estudiantes universitarios de primera generación. Otros provenían de vecindarios de clase trabajadora o comunidades donde la educación superior pudo haberse sentido distante. Sus experiencias eran diferentes, pero muchos estaban aprendiendo a navegar instituciones y oportunidades que podían resultar desconocidas para sus familias.

La conversación reunió a Santiago Solís, vicepresidente de Campus Life and Inclusive Excellence de East Stroudsburg University; Aída García-Cole, M.S., asistente de registro de Graduation Services y asesora de MANA de East Stroudsburg University; y las estudiantes María Heredia Rojas y Ariana Cruz.
Solis reflexionó sobre más de cuatro décadas de trabajo en la educación superior y lo que había aprendido asesorando organizaciones estudiantiles. Su mensaje fue sencillo: los asesores podían proporcionar conexiones y orientación, pero los estudiantes debían seguir siendo la fuerza que impulsaba el proceso.
Describió la asesoría como una alianza. Un asesor podía presentar a un estudiante a la persona adecuada, explicarle un proceso desconocido o facilitarle acceso a una oportunidad, pero el estudiante todavía tenía que dar el paso, tomar decisiones y asumir responsabilidad.
García-Cole explicó cómo ese enfoque había guiado su trabajo con MANA en East Stroudsburg University. La organización había surgido de estudiantes que querían un espacio donde las latinas pudieran sentirse representadas y apoyadas en el campus. Los estudiantes habían investigado la organización nacional y ayudado a impulsar la iniciativa, mientras García-Cole apoyó las relaciones y los pasos institucionales necesarios para establecer el capítulo.
Para ella, asesorar también significaba saber cuándo dar un paso atrás.
Describió cómo ayudaba a los estudiantes a establecer conexiones iniciales con organizaciones comunitarias y luego les permitía manejar esas relaciones, organizar el trabajo y tomar decisiones. Cuando surgía un problema, podía intervenir nuevamente. El objetivo no era controlar el proceso. Era preparar a los estudiantes para liderarlo.
Heredia Rojas y Cruz hablaron sobre el valor de contar con una asesora accesible, que se comunicaba con ellas y les daba espacio para tomar sus propias decisiones. Sus comentarios demostraron que la mentoría no se limitaba a planificar eventos o completar trámites. A veces, su mayor impacto ocurría en momentos que nunca aparecían en un currículum.
Una de las estudiantes describió haber acudido a la oficina de García-Cole durante un período difícil para hablar sobre lo que estaba viviendo. Tener a alguien disponible para escucharla y ayudarla marcó una diferencia.
Ese apoyo podía ser importante cuando los estudiantes equilibraban sus estudios, roles de liderazgo, organizaciones y responsabilidades personales mientras intentaban descubrir quiénes querían llegar a ser.
Para un joven latino, la mentoría también podía ofrecer algo menos visible: la confirmación de que pertenecía en ese espacio. Un estudiante podía estar preparado académicamente y aun así preguntarse si encajaba en la universidad, en espacios de liderazgo o en entornos profesionales. Un asesor que reconocía su potencial podía ayudar a transformar esa incertidumbre en confianza.
La conversación también destacó cómo las organizaciones estudiantiles culturalmente conectadas podían generar un sentido de pertenencia. Los estudiantes hablaron sobre encontrar compañeros que comprendían sus antecedentes y experiencias, además de sentirse motivados a involucrarse más en el campus.
Para algunos estudiantes, unirse a una organización podía comenzar simplemente con la búsqueda de comunidad. Con el tiempo, esa participación podía llevarlos a administrar presupuestos, coordinar programas, hablar en público, establecer alianzas y eventualmente convertirse en mentores de otros estudiantes.
Solís y García-Cole enfatizaron que una buena asesoría no consistía en impedir que los estudiantes cometieran errores. El crecimiento requería espacio para tomar decisiones, enfrentar desafíos y aprender de lo que sucedía después. El asesor permanecía presente, pero el estudiante desarrollaba la confianza necesaria para actuar de manera independiente.
Ese impacto podía extenderse más allá de la universidad. Los estudiantes latinos que aprendían a defenderse, organizar a otros, construir relaciones y liderar en el campus podían llevar esas habilidades de regreso a sus familias y comunidades. El joven que recibía orientación entonces podía convertirse eventualmente en el mentor o líder comunitario que ayudara a otra persona a encontrar su propio camino.
El conversatorio ofreció una manera diferente de pensar sobre el éxito estudiantil. El apoyo universitario solía medirse a través de programas y resultados, pero las relaciones podían ser igual de importantes.
Un asesor no podía tomar una clase por un estudiante, dirigir cada organización ni tomar cada decisión difícil. Lo que sí podía hacer era reconocer el potencial, conectar a un estudiante con oportunidades y brindarle suficiente apoyo para que descubriera por sí mismo de lo que era capaz.
Para los jóvenes que estaban en el escenario, la mentoría no fue descrita como alguien que tomaba control de su trayectoria.
Fue alguien que se aseguró de que no tuvieran que recorrerla solos.