Efraín con sus hijos, Montserrat y Luis. (Foto: cortesía)

Efraín Esquivel, un joven mexicano de 28 años, se dirigía a la ciudad de Chicago en su primer viaje por avión. Tres días antes había sufrido un severo cuadro de varicela y aún se sentía muy cansado. Inesperadamente durante una turbulencia, vio que la gente empezó a gritar, al tiempo que la aeronave sufría un descenso violento y repentino. Su pulso se elevó, comenzó a sudar y el pánico invadió su cuerpo. “¡El avión se va a estrellar, voy a morir!”, exclamó. Afortunadamente, no paso nada y todo volvió a la calma, pero él llegó a su destino sintiendo un dolor general en todo el cuerpo.

Días después, empezó a experimentar mareos, cansancio, ansiedad y notó que orinaba frecuentemente. Los malestares empeoraron y decidió regresar a su casa en Ciudad de México. Tras algunas pruebas en el hospital, le diagnosticaron diabetes. Los análisis de sangre con diez horas de ayuno indicaban doscientos veinte miligramos de glucosa en un decilitro de sangre (mg/dL). Devastado, se dirigió a su casa, buscando el apoyo de su familia. “¿Cómo es posible que me pase esto a mí? No tengo antecedentes familiares. Yo soy buen ciudadano, trabajo y cuido a mi mamá. ¿Cómo no le sucede a vagos, asaltantes o asesinos?”, se cuestionó muy afligido.

Entró en una etapa de negación y rebeldía. Comía mucho, bebía alcohol y refrescos con azúcar. Hasta que una tarde, su novia le dijo que estaba embarazada. La noticia lo sacudió y decidió cambiar de vida. El día que su pequeño angelito nació y lo tuvo en sus brazos, dijo: “Dios, dame la oportunidad de vivir. Te prometo que me voy a cuidar. Déjame bailar con ella en su fiesta de quince años y después, que se haga tu voluntad”. Por esos días, conoció y se puso en manos de quien sería un segundo ángel en su vida, el doctor Eduardo Rangel, quien había visto morir a su padre a causa de diabetes y le motivaba mucho ayudar a personas con esta enfermedad. El tratamiento que Efraín tuvo que seguir fue la aplicación de insulina cada tercer día, en abdomen, brazos y piernas.

El doctor Eduardo lo invitó a grupos de apoyo psicológico. Lo curó de un absceso que sufrió por una mala aplicación de la inyección y después, le salvó su pie, tras un accidente que tuvo con un cuchillo, que le provocó una grave herida. A mediados del 2020, el médico estaba por iniciar y dirigir un protocolo para tratar a sus pacientes con la terapia de células madre, al cual Efraín ya estaba inscrito. Desafortunadamente, el protocolo no se llevó a cabo. El doctor Eduardo, murió en agosto del 2020 durante la pandemia, a causa de un infarto, después de haber padecido cáncer de estómago por treinta años. El hecho significó un duro golpe para Efraín. Tras reponerse de la noticia, se prometió hacer lo posible para mantenerse vivo y bien, por su amigo médico, por su familia y por él mismo.

A sus 51 años, Efraín vive tranquilo con su esposa y sus dos hijos, cuidándose y esperando ser vacunado contra el COVID-19. Finalmente, él reflexiona: “Dicen que mi diabetes la originó el susto de aquel viaje en avión. Yo no lo creo, pero lo que sí creo es que, para mí, la diabetes fue una bendición, ya que me enseñó a amarme, a cuidar de mí mismo y a querer a los demás. La meta de cualquier individuo en esta vida es ser feliz. Y ser feliz es sonreír cuando tus planes de vida se van cumpliendo. Sin embargo, nunca consideras que tus planes puedan cambiar por un motivo de salud. El caso es que enfermas y ves tu cuerpo caer física y mentalmente, pero la confianza y el amor que tengas hacia ti mismo hará que te levantes. Una enfermedad, cualquiera que sea, te enseñará a valorar la vida y a no preocuparte por cualquier cosa. La diabetes no mata, lo que mata es la desinformación, la depresión, el sentirse condenado a muerte y la falta de amor propio”.

¡Bravo Efrain!

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