Aprendiendo a comer rico y libre de azúcar, AB. (Foto: Cortesía)

El más reciente chequeo médico que me realicé fue en el mes de octubre del 2020, y para ser honesta, el inconsciente me jugó una mala pasada pensando en “Si no la nombro no existe”. Pero es real, soy diabética, y esa condición está presente en mi cotidianidad.

En este juego peligroso del inconsciente dejé de inyectarme la insulina desde febrero del 2021, y solo me mantenía con las pastillas y la dieta; también dejé de medirme los índices de glucosa (azúcar) en sangre por la mañana. Creí una vez más que todo estaría bien, “Si no la nombro no existe” –que poderoso puede ser el resistirse o doblegarse a una condición médica–.

Así transcurrieron los meses de febrero, marzo y abril, creyendo en el milagro de que como había guardado en algún cajón de mi memoria la diabetes, ya había desaparecido. Hasta que una mañana de abril, se empezaron a adormecer mis manos y mis pies, la sangre parecía no fluir correctamente y las manos estaban constantemente frías. Por un instante pensé que era el sobrepeso, pero inmediatamente una bandera roja se alzó en mi mente, y vi muy clara la imagen de los pies de mi papá cuando quedó parapléjico. Admito que me asusté, y reconozco ahora lo irresponsable de mis actos. Mi memoria en un flash hizo la comparación de mis pies enrojecidos e hinchados con los de mi padre. En ese momento sentí frío en toda mi columna; y de inmediato llame a la doctora Nilsa Graciani, quien que está por iniciar un programa para prevenirla. Le pedí apoyo y orientación; ella muy gentil me orientó y me sugirió ver al Dr. Víctor Iturbides, así que me puse en contacto con él, deseando tener la oportunidad de verlo pronto y salir de dudas. Pero no fue así, el médico amablemente me explicó que los nuevos pacientes eran muchos, y que su disponibilidad para una consulta sería hasta el 3 de junio, ¡aún faltaban dos meses para esa cita, y yo tenía muchas dudas!, así que pedí una cita en el Centro Médico María de los Santos, donde me han venido tratando, y me reorientaron con la nutricionista Leticia Tumax, quien con mucha paciencia me explicó a detalle aspectos relacionados con mi dieta; y con la anuencia de mi doctora, me indicaron exámenes de control. Todo esto pasaba mientras yo seguía con calambres y los demás síntomas.

La conversación con la nutricionista reafirmó los nuevos hábitos alimenticios que necesito, como radicar el azúcar extra de mi casa, bajar el consumo de los productos procesados, y privilegiar el de las frutas y verduras. Aprendí a hacer dulces con edulcorantes naturales como Stevia, obtenido de la planta Stevia rebaudiana; o Monk Fruit, también conocida como “la fruta de la longevidad”, obtenida de la planta Siraitia grosvenoori, que se recomienda para pacientes diabéticos.

Después de una larga espera, los resultados de los exámenes de laboratorio llegaron a casa y, ¡sorpresa!, casi todos estaban dentro de lo normal, pero… ese número 9 no. El valor de la hemoglobina glicosilada (HbA1c), que mide el nivel promedio de glucosa en sangre durante los últimos tres meses estaba en “9”, un número que revelaba que aún había mucho por hacer, que tengo que trabajar en cuidarme.

Finalmente, fui a mi consulta con el Dr. Iturbides, quien muy paciente me habló de todas las complicaciones que pudiera tener al no saber cuidarme; por ejemplo, pie diabético, lesión de los nervios (neuropatía), cataratas y glaucoma, en fin, un abanico de posibilidades nefastas que solo están en mis manos frenar y detener. También me indicó volver a inyectarme la insulina, me explicó un método para que doliera menos, y me recomendó hacer un mínimo de 150 minutos semanales de ejercicio físico, ya que el sedentarismo es tan mortal como el tabaquismo.

Ahora pienso en todo lo que debo desaprender para conformar nuevos hábitos más sanos. Aprender nuevamente para poder sanar y continuar, en la búsqueda de un cambio de rutina cada vez más saludable. ¡Dentro de tres meses veremos qué pasa!

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