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El secreto que guardó 60 años la líder sindical Dolores Huerta y la importancia de su legado

Dolores Huerta. (Foto: Archivo)

Fue Dolores Huerta quien acuñó el lema “Sí se puede” en 1972 al reunir a trabajadores agrícolas en Arizona para luchar contra una ley que prohibía los boicots y las huelgas.

Le dijeron que sería imposible organizarse en el estado del suroeste, y su respuesta en español de tres palabras fue simple, desafiante y emblemática. La determinación de Huerta consolidó su lugar en la historia como una de las líderes sindicales más influyentes de Estados Unidos, un ícono de los derechos civiles y una activista feminista.

El expresidente Barack Obama más tarde le atribuiría la frase que fue un grito de guerra en su campaña de 2008, en una traducción ligeramente modificada: “Yes, we can” (“Sí podemos”).

Como cofundadora de lo que con el tiempo se convirtió en el sindicato United Farm Workers, Huerta ha sido el rostro de un movimiento que durante décadas buscó empoderar la vida de los trabajadores mediante salarios más altos, beneficios de salud, pensiones y mejores condiciones de seguridad.

Con casi 96 años, todavía utiliza su plataforma para defender a grupos marginados y combatir la discriminación.

Por eso el mundo se conmocionó cuando Huerta reveló el miércoles que fue víctima de abuso sexual por parte del cofundador del movimiento, César Chávez, lo que derivó en el nacimiento de dos hijos, un secreto que guardó durante 60 años.

Ahora algunos piden que el nombre de Huerta reemplace al de Chávez en la gran cantidad de edificios gubernamentales, escuelas, monumentos y calles que llevan su nombre en todo el país.

Raíces activistas

Los detalles de la vida de Huerta y su ascenso al activismo se han contado una y otra vez a lo largo de las décadas mediante entrevistas y documentales, durante ceremonias de premiación y en placas históricas en su honor.

Nació como Dolores Clara Fernández en 1930 en Dawson, Nuevo México. Su padre era minero, activista sindical y legislador estatal. Tras el divorcio de sus padres, su madre se llevó a Huerta y a sus dos hermanos a California.

El fértil Valle de San Joaquín, donde Huerta creció, era un crisol de familias trabajadoras mexicanas, filipinas, afroestadounidenses, japonesas y chinas. Su madre alentó esa diversidad cultural, mientras que su independencia, espíritu emprendedor y activismo ayudaron aún más a moldear las aspiraciones de Huerta.

Huerta era una joven y enérgica maestra de primaria cuando decidió responder a un llamado que la pondría en un camino extraordinario. Frustrada por las malas condiciones de vida de sus alumnos, pensó que podía hacer más organizando a los trabajadores agrícolas que intentando enseñar a sus hijos hambrientos.

Conoció a Chávez en la década de 1950 a través de su trabajo inicial con un grupo latino de derechos civiles en Stockton, al sur de Sacramento. Con la intención de centrarse más en la difícil situación de los jornaleros, en 1962 fundaron la National Farm Workers Association, que se convirtió en United Farm Workers unos años después. Ella fue una dirigente clave y negociadora del sindicato.

Chávez, quien murió en 1993, una vez la describió como intrépida, al reconocer su compromiso con la causa y su dureza a la hora de negociar.

Huerta reafirmó ese compromiso en un comunicado el miércoles, al señalar que no le contó a nadie sobre el abuso de Chávez durante décadas para proteger el movimiento al que había dedicado su vida.

“Canalicé todo lo que tenía en abogar en nombre de millones de trabajadores agrícolas y de otros que estaban sufriendo y merecían igualdad de derechos”, manifestó.

Un legado prolongado

Huerta nunca ha tenido miedo de enfrentarse a cabilderos o a productores agrícolas. Tampoco le temía a las fuerzas del orden: fue encarcelada más de 20 veces por manifestarse e incluso resultó gravemente herida mientras protestaba en 1988.

Tras una larga recuperación, Huerta cambió el enfoque y se lanzó a recorrer el país para hacer campaña por los derechos de las mujeres y alentar a las latinas a postularse a cargos públicos.

Sigue marchando y dando discursos en ciudades de todo el país sobre raza, pobreza y asuntos de las mujeres en nombre de su Fundación Dolores Huerta, con sede en California. Hizo campaña por los presidentes demócratas Bill Clinton, Obama y Joe Biden, y el gobernador de California, Gavin Newsom, ha dicho que la considera una amiga cercana.

El trabajo de Huerta a lo largo de las décadas le valió numerosos reconocimientos, incluida la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor civil del país. Cuando Obama le entregó el premio en 2012, la elogió como una líder tenaz y bromeó diciendo que le había “robado” su lema para su campaña.

Huerta también tiene un lugar en el Salón Nacional de la Fama de la Mujer, y fue la primera latina en ser incorporada, y ha recibido nueve doctorados honoris causa de universidades de Estados Unidos.

Hay escuelas que llevan su nombre en California, Texas y Colorado. Su imagen adorna muchos murales, y también existen calles Dolores Huerta, incluida una avenida en Albuquerque donde una parte lleva su nombre y otra el de Chávez.

En redes sociales, la gente ya pide que toda la vía lleve el nombre de Huerta, mientras miembros del Congreso y funcionarios estatales la elogian a ella y a las otras mujeres por dar un paso al frente. Sostienen que nadie debería tener que sufrir en silencio para proteger a un hombre o a un movimiento.

“No puedo imaginar el dolor y el sufrimiento que han soportado durante décadas”, expresó el senador Martin Heinrich, demócrata de Nuevo México. “Gracias por mostrarnos lo que es la verdadera fortaleza”.

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