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Informarse sin dañarse: el desafío urgente del periodismo y su audiencia

El agotamiento informativo y el estrés crónico impactan en la salud mental de quienes consumen y producen noticias. (Foto RR. SS.)

En un ecosistema informativo dominado por la urgencia y lo negativo, periodistas y público enfrentan un mismo desgaste.

Mayo es el Mes de la Salud Mental, está llegando a su fin, pero no la urgencia de repensar no solo cómo trabajamos las noticias, sino también cómo las consumimos.

Por momentos, pareciera que informarse duele. Y no es una sensación aislada.

Cada vez más personas evitan leer, escuchar o ver noticias. No por indiferencia, sino por agotamiento. Una decisión silenciosa que muchos toman como forma de proteger su salud mental frente a una realidad que se presenta, casi siempre, en clave de crisis.

Los datos lo confirman: alrededor del 40% de las personas en el mundo evita las noticias a veces o con frecuencia, el nivel más alto registrado hasta ahora, según el Reuters Institute. Y cuatro de cada diez dicen sentirse “agotados” por la cantidad de información, percibida como “deprimente” y “implacable”.

Pero mientras el público se retira parcialmente del flujo informativo, dentro de las redacciones ocurre algo paralelo: el periodismo también está exhausto.

El desgaste invisible

Una encuesta del Center for Innovation and Sustainability in Local Media revela que alrededor del 70% de los periodistas ha experimentado burnout laboral, y casi tres de cada cuatro han considerado dejar su trabajo. No se trata de casos aislados, sino de un síntoma estructural.

La Organización Mundial de la Salud define el burnout como un “síndrome resultante del estrés crónico en el trabajo que no ha sido gestionado adecuadamente”. En el periodismo, ese estrés se multiplica por la presión constante de la inmediatez, la precariedad laboral y la exposición cotidiana a eventos negativos.

Como advierten investigadores del sector, “tener un gran número de personas experimentando burnout no es sostenible”.

El problema no es solo la carga de trabajo. Es algo más profundo: una erosión del sentido. Ese distanciamiento entre la vocación de servicio público y las dinámicas reales del oficio.

La otra cara: el público saturado

Del lado de la audiencia, el fenómeno tiene nombre: evitación de noticias.

Lejos de ser apatía, se trata de una respuesta emocional. Muchas personas admiten que evitan las noticias porque afectan negativamente su estado de ánimo o porque se sienten impotentes ante lo que ocurre.

Un testimonio citado en estudios recientes lo resume con crudeza: “El mundo es demasiado deprimente en este momento con las noticias”.  

La explicación tiene incluso base psicológica. El cerebro humano está naturalmente predispuesto a enfocarse en amenazas —lo que se conoce como “sesgo de negatividad”—, lo que hace que la exposición constante a malas noticias resulte particularmente desgastante.

Un riesgo silencioso

Sin embargo, protegerse desconectándose completamente también tiene costos.

El Reuters Institute advierte que la caída en el consumo de noticias puede tener implicaciones negativas para la participación democrática y la lucha contra la desinformación.

Es decir: el mismo mecanismo que hoy nos protege individualmente puede debilitarnos colectivamente.

Aquí aparece la tensión central de nuestro tiempo:
¿cómo cuidar la salud mental sin desconectarnos de la realidad?

Repensar el periodismo… y el consumo

Este escenario exige cambios en ambos lados.

Para el periodismo, implica revisar prácticas. No solo mejorar condiciones laborales, sino también repensar cómo se cuenta la realidad: incorporar contexto, matices y enfoques que no se limiten al impacto inmediato.

También implica transformar la cultura interna. La académica Amy Edmondson define la seguridad psicológica como “la creencia de que uno no será castigado o humillado por hablar, plantear ideas o expresar preocupaciones”. Sin ese tipo de entornos, difícilmente puedan florecer redacciones saludables o innovadoras.

Para el público, el desafío es distinto, pero igual de urgente: desarrollar un consumo más consciente.

No se trata de informarse menos, sino mejor. De establecer límites, elegir fuentes confiables y evitar la exposición constante y fragmentada que genera ansiedad sin aportar comprensión.

No apagar la empatía

Que las noticias nos afecten no es el problema. De hecho, es una señal de que seguimos conectados.

El desafío es evitar los extremos:

Porque si dejamos de sentir, dejamos de involucrarnos. Y si dejamos de involucrarnos, dejamos de actuar.

Una conversación pendiente

No se trata solo de reducir el estrés o limitar el consumo. Se trata de algo más profundo:
cómo reconstruir una relación más humana, sostenible y significativa con la información.

Para los periodistas, implica recuperar propósito en medio de sistemas exigentes.
Para el público, implica aprender a informarse sin dañarse.

Y para ambos, un desafío compartido:
seguir mirando la realidad sin dejar que esa mirada nos paralice y termine por quebrarnos. No renunciemos, pues, a nuestros principios, y alimentemos nuestras ideas con la verdad escudriñada, la real, no la que nos complace creer.

*Cristina en tu esquina es una columna escrita por una psicóloga, enfocada en brindar orientación práctica sobre salud mental, bienestar emocional y dinámicas humanas en la vida cotidiana.

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