El dinero no daña a las personas, como muchos dicen. Lo que daña es la falta de valores, estructura y propósito. Es cierto que los privilegios pueden adormecer a algunos, pero cuando crecemos con bases firmes, educación correcta y ejemplos sólidos, también pueden desarrollar grandeza.
Por ejemplo, mi esposo nunca tuvo necesidad económica real, como la que yo viví; pero sí tuvo cimientos fuertes. Le enseñaron disciplina, responsabilidad y visión, porque el hambre no siempre nace del dolor. A veces nace del ejemplo, de querer honrar un legado, construir algo propio y no vivir únicamente de lo que otros hicieron antes.
Mis hijos escuchan ambas historias. La mía, llena de apagones, escasez e incertidumbre en mi etapa en Cuba, pero también la de su padre, con privilegios, estructura y abundancia. Y tal vez ese contraste sea una ventaja, y entender ambos mundos les permita valorar lo que tienen, sin volverse dependientes.
¿Cómo dar a tus hijos todo lo que soñaste, sin quitarles el deseo de conquistar el mundo por sí solos?
Todavía no tengo la respuesta completa. A veces no los complazco al cien por ciento en todo lo que piden. Y ellos se ríen porque constantemente les menciono algo: “La rica soy yo, ustedes están quebrados”. Y aunque lo digo jugando, hay una verdad importante detrás de la frase. Ellos todavía no tienen nada y tendrán que trabajar por las cosas que quieran construir en su vida.
Claro que voy a ayudarlos en todo lo que esté a mi alcance como madre. Siempre lo haré. Pero deben entender algo desde pequeños: ganarse lo propio no se siente igual que recibirlo de otro. Hay una satisfacción distinta cuando lo construyes tú. Aunque sea poco, tome tiempo y no sea perfecto.
Cuando algo costó esfuerzo, lo valoras diferente. Lo cuidas diferente. Lo respetas diferente. Y muchas veces ese es el problema de las generaciones que crecen teniéndolo todo demasiado rápido: nunca desarrollan conexión con el esfuerzo detrás de las cosas.
Y aunque todavía estoy aprendiendo a encontrar ese balance perfecto entre darles comodidad y enseñarles hambre, no quiero que crezcan con miedo a no tener. Quiero que crezcan con hambre de convertirse en algo grande. Al final, la verdadera riqueza no es crecer con dinero o sin dinero, sino con propósito.
Y eso no depende de cuánto tienes. Depende de cómo piensas. La escasez hace lo contrario. Te obliga a pensar, a moverte, a actuar. No porque quieras, sino porque no tienes opción.
La escasez puede enseñarte a sobrevivir, pero los valores, la visión y el propósito son los que realmente te enseñan a construir. Quiero criar hijos capaces de crear algo propio, aun cuando lo tengan todo. Al final, la verdadera riqueza no está en lo que heredas, sino en la mentalidad con la que decides vivir.
* Doreen Gutiérrez es empresaria, estratega de negocios y conferencista. Líder en las industrias de la belleza, educación, medios y salud. Instagram: @diariodebelleza

